En el 87, cuando el hambre devoró los pueblos
del Alto Huallaga, las mujeres de San Pedro de
Llaclla caminaron tres días con los cuerpos de
sus hijos en redes de yute. Entre ellos, Ana, la
bruja de pueblo, llevó los restos de su hermano,
el que se fue con los guerrilleros y volvió como
polvo en una bolsa de plástico. No lo enterró en
el cementerio de la iglesia, donde los curas
decían que los “subversivos” no tenían derecho.
Lo enterró bajo el ceibo que crecía en el cerro
de Ch’aska, donde las llamas hablaban en sueños.
Dos años después, Lima colapsó. La
hiperinflación se llevó los sueldos, y los
campesinos llegaron en camiones de madera, con
los ojos vacíos y los pies cubiertos de barro
seco. Construyeron casas sobre la tierra de Ana.
Donde el ceibo había florecido, nacieron techos
de zinc y cañerías de plástico. Nadie les dijo
que la tierra allí no aceptaba muertos sin
rituales. Nadie les dijo que la deuda de sangre
no se paga con dinero, sino con carne.
La primera que se fue fue la niña del cuarto
piso, de ocho años, que soñaba con peces en el
cielo. Se levantó una mañana con la piel
cubierta de raíces negras, como si la tierra la
estuviera devorando desde adentro. Nadie la
buscó. La llevaron en una caja de cartón al
basurero de Villa El Salvador. Pero la tierra no
se saciaba.
La segunda fue el hombre que vendía chicha en el
portal. Le salieron hojas por las orejas. Dijo
que era el viento. Murió con la boca llena de
musgo. En la noche, las mujeres del barrio
vieron sombras moviéndose bajo los techos, como
si las raíces del ceibo hubieran crecido hacia
arriba, buscando huesos.
Ana no lloró. Salió con su manta de lana y un
cuenco de coca. Subió al cerro. Se sentó sobre
la tumba. No habló. Solo cantó en quechua, la
canción que le enseñó su abuela antes de que la
matara el ejército en el 83. Al amanecer, el
ceibo se partió por la mitad. De su tronco salió
un río oscuro, no de agua, sino de sangre seca
que fluía como aceite. Bajó por las calles,
llenó las grietas de las casas, entró por las
ventanas. Las familias que habían construido
sobre la tumba empezaron a desaparecer, una por
una, sin gritos. Solo se oía el crujido de la
tierra comiéndose la carne.
La tercera semana, el ejército llegó con
camiones y soldados de uniforme limpio. Trajeron
un camión de cal. Dijeron que era para
desinfectar. Ana los miró desde el techo de su
casa. No los detuvo. No les pidió perdón. Solo
les entregó el cuenco con la coca. El mayor lo
tomó. Lo bebió. Se cayó al suelo con los ojos
abiertos, y su piel se volvió blanca como la
piedra de Huayna Picchu.
Cuando se fueron, la tierra ya no crecía raíces.
Ya no comía. Solo estaba quieta. Como si hubiera
cobrado lo suyo.
Ana se fue a Lima. Se sentó en la Plaza San
Martín, con la manta puesta, y no habló. Nadie
la molestó. Nadie le preguntó. En la ciudad,
nadie recuerda los muertos de los cerros. Solo
se acuerdan de quién sobrevivió.
La deuda se pagó.
La tierra se calló.
Y Ana, la bruja de pueblo, sigue sentada allí,
sin moverse.
Como si también ella fuera parte del silencio.


