La carretera de Ica se desmorona bajo el peso
del desierto. Un grupo de migrantes que huyen de
los incendios en Arequipa llega a una zona sin
señal de radio ni electricidad. Entre ellos, una
mujer con cicatrices de batalla camina con un
maletín de madera vieja.
El gobierno anterior había prohibido el uso de
combustibles fósiles, pero los campesinos del
norte siguen usando petróleo en motores antiguos.
La mujer, llamada Rosa, recuerda cómo su unidad
se disolvió tras un ataque en Cusco. Ahora,
busca una propiedad en Lima, heredada de su
madre, una política que fue ejecutada durante la
dictadura de Morales.
En un mercado informal, Rosa compra un mapa
dibujado en papel amarillo. El lugar marcado es
una casa en el barrio de Villa María, ahora
ocupado por refugiados de las zonas costeras.
Las leyes de migración interna obligan a los
nuevos residentes a trabajar en construcciones
ilegales, mientras los antiguos dueños son
expulsados sin compensación.
Rosa entra a la casa y encuentra un cuarto
sellado. Dentro hay documentos de tierras en el
valle de Mantaro, un área que ahora está bajo
control de una empresa privada. La ley dice que
los bienes abandonados pueden ser reclamados si
se demuestra una conexión familiar. Pero otros
también buscan ese legado.
Un hombre con una cicatriz en la mejilla aparece
en la puerta. Es un excompañero de Rosa, ahora
trabajando como guardia para la empresa. Le
ofrece un trato: ella entrega los papeles y él
le da un pasaje hacia el sur, donde los
refugiados aún pueden encontrar trabajo.
Rosa rechaza. En lugar de eso, abre el maletín y
saca un cuchillo de su infancia. Lo clava en la
pared de la casa, marcando el territorio. El
ruido alerta a los vecinos, quienes comienzan a
acercarse. Algunos reconocen el símbolo de su
antigua unidad, otros no.
La casa se convierte en un punto de encuentro.
Los refugiados hablan de sus vidas anteriores,
de cómo los dejaron en el camino. Rosa se sienta
en el suelo, mirando el mapa. No hay salida,
solo el peso de lo que fue y lo que sigue siendo.
La empresa envía un grupo de seguridad. Rosa
corre al techo y ve a los hombres llegar con
armas. No dispara. Solo deja caer el maletín al
suelo. Dentro hay una carta escrita en quechua,
firmada por su madre. Dice: "No olvides que no
todo se pierde".
La casa es destruida. Rosa desaparece entre la
multitud de migrantes. Nadie sabe si sigue viva
o si ya se volvió parte del paisaje. Pero el
mapa sigue en manos de alguien, y la leyenda de
la guerrillera arrepentida sigue viva en los
rumores de los nuevos barrios.


