La ciudad ya no tiene agua potable. Los ríos son

veneno verde que quema la piel, y los pozos se

llenan de esqueletos flotantes. En los barrios

altos, los ricos pagan con joyas de oro antiguo

por agua filtrada por los huesos de los muertos

de la guerra. En los bajos, las mujeres recogen

los cuerpos que el ejército arroja a las cloacas.

Ella tiene catorce años, no recuerda el nombre

de su madre, solo que la enterraron con una

bandera del Sendero en el pecho. Se llama

Yuyanqui, y aprendió a desvestir muertos con los

dedos antes que a atarse los zapatos.

El sistema no castiga el robo de cadáveres. Lo

castiga el uso indebido. La ley prohíbe vender

restos militares fuera de los mercados oficiales,

pero nadie controla las cloacas. Así, Yuyanqui

sube por los túneles de la antigua red inca,

donde las paredes aún cantan en quechua cuando

llueve, y carga con bolsas de lona los cuerpos

de soldados desaparecidos. Los vende a los

campesinos que llegan de Ayacucho, que los

entierran en sus chacras como ofrenda. El suelo

reacciona. Las papas crecen negras y dulces. Los

niños nacen con ojos de obsidiana.

Un día, en la esquina de la calle Huánuco,

encuentra un cuerpo que no tiene heridas. Ni

bala ni cuchillo. Solo una marca en la frente:

el símbolo de la Huayna Capac, el antiguo

emperador que los ancianos dicen que no murió,

solo se durmió bajo la tierra. El cuerpo aún

calienta. Ella lo lleva. Lo vende a un curandero

del Callao que lo entierra en un patio de

ladrillos rojos. Esa noche, tres hombres de la

policía militar aparecen con rifles de cañón

corto. No buscan a Yuyanqui. Buscan al cuerpo.

Lo sacan. Se lo llevan. Ella sigue.

En la cárcel de San Juan de Lurigancho, los

presos políticos —los que sobrevivieron a la

limpieza del 92— se levantan. No gritan. No

piden libertad. Rompen las paredes con palas de

minero y liberan a los muertos encerrados en las

celdas de castigo. Los cadáveres de los

desaparecidos salen caminando. Con los ojos

abiertos. Con la boca cerrada. No hablan. Pero

las paredes sí. Cantan en quechua antiguo. Las

rejas se oxidan en segundos. Los guardias se

derriten como cera. Nadie los ve. Nadie los

registra. El gobierno dice que fue un escape de

presos. Nadie pregunta por qué los muertos no se

descomponen.

Yuyanqui entra a la cárcel por la alcantarilla.

No busca venganza. Busca el cuerpo. Lo encuentra

en el sótano, envuelto en una bandera del

Ejército, pero ahora la tela es de hojas de

quinua y raíces de maca. El cuerpo se levanta.

No habla. Le pone una mano en la cabeza. Ella

siente el frío de la montaña. El viento de

Vilcabamba. El eco de una ceremonia que no se

celebró en cien años.

Al amanecer, la cárcel ya no existe. Solo queda

un hoyo lleno de tierra negra. En la superficie,

brotan plantas con flores de color sangre. Las

autoridades cierran el barrio. Nadie entra.

Nadie sale. Los que vivían allí desaparecen.

Solo queda Yuyanqui, sentada en el borde, con

una bolsa de lona vacía. En su pecho, una flor

nueva crece entre las costillas. No es de este

mundo. Pero sí de este suelo.

La corrupción no fue el crimen. Fue el olvido.

Y ahora, lo que se enterró, vuelve.