En 1989, bajo el miedo de los desaparecidos y la
hiperinflación que comía los sueldos, Elena,
artista bohemia de Barranco, regresa a Lima tras
tres años en el norte. Trae consigo solo tres
lienzos sucios de barro andino y el silencio de
quienes no volvieron: su hermano mayor, fusilado
en Huancavelica; su hermana menor, desaparecida
tras llevar alimentos a los guerrilleros. No
habla. No llora. Pinta.
En su taller de La Victoria, las paredes se
humedecen sin lluvia. Los colores que usa —ocre
de la tierra de Quispicanchi, azul de la flor de
la puya raimondii, negro de la ceniza de los
quemas de libros— no se secan. Se mueven. Al
tercer día, en el lienzo donde pintó el rostro
de su hermana, los ojos parpadean. Nadie lo ve.
Ella sí.
La policía la busca por “propaganda subversiva”.
La ley prohíbe cualquier representación de los
muertos del conflicto sin autorización del
Ejército. Pero Elena no pinta para exponer.
Pinta para recordarles que aún existen. Cada
noche, al apagar la lamparita de queroseno, las
figuras en sus cuadros caminan. Se llevan cosas:
un zapato de su hermano, un pañuelo de su madre,
el último recorte de diario que decía “no hay
más desaparecidos”.
En la semana de la Virgen de la Candelaria,
cuando los vecinos de El Agustino encienden
velas en las ventanas, Elena pinta el rostro de
su padre, quien murió en el camino a Lima,
arrastrado por la fiebre y la desesperanza. Al
amanecer, el lienzo está vacío. Sólo queda una
huella de polvo rojo en el suelo, como si
alguien hubiera caminado hacia el este. Ella lo
sigue.
En la quebrada de Chorrillos, entre los
escombros de un cuartel abandonado, encuentra el
cuerpo de su hermana. No está muerto. Está
tejiendo. Con cabello de lluvia y dedos de raíz,
la mujer le entrega un pincel hecho de hueso de
cóndor. “Ya no somos fantasmas”, dice sin boca.
“Somos lo que no se borró.”
Elena regresa a su taller. Pinta el último
cuadro: un ejército de niños andinos, con caras
de sus hermanos, cargando los lienzos como
estandartes. Cada pincelada hace temblar el
suelo. Las paredes se abren. Las imágenes salen.
No son alucinaciones. Son los muertos que el
Estado negó. Caminan por las calles de Lima. Se
sientan en los bancos de Plaza San Martín. Se
miran en los espejos de los carros de los ricos.
A la mañana siguiente, el Ministerio de Cultura
declara los cuadros “bienes culturales
inamovibles”. Nadie los toca. Nadie los entiende.
Pero en las favelas, los niños los copian con
carbón en las paredes. En Cusco, los ancianos
cantan en quechua: “La pintora no pinta la
muerte. Pinta el recuerdo que el fuego no pudo
consumir.”
Elena desaparece. No hay cuerpo. Sólo el último
lienzo, vacío, pero con el olor a tierra mojada
y a quemado. En la esquina de la calle, un niño
pone una flor de puya raimondii sobre el marco.
La pintura no se mueve. Pero la flor, al día
siguiente, ya no está.


