El último tren de carga llegó sin avisar, traído
por el humo del incendio que devoró la línea
férrea del norte. La nieve aún no se derritió en
las laderas cuando ella bajó, botas rotas,
mochila hecha de cuero de llamas y un nombre
escrito en tinta negra: Marta Quispe. No era la
primera vez que regresaba a Chilcayoc, pero sí
la primera desde que el gobierno declaró la zona
"no habitable" y la convirtió en terreno de
vigilancia.
Las casas ya no eran de adobe. Eran cajas
metálicas clavadas en la tierra, con paneles
solares que brillaban como dientes de oro. El
agua ahora venía de tanques en el centro,
racionada cada tres días. Quien no pagaba el
derecho de acceso era considerado "
inexistente".
Las mujeres no podían salir después del
anochecer sin llevar el sello del Comité de
Vigilancia en el brazo.
Ella no llevaba sello. Tenía un pasaporte de la
Guerra, firmado por el general que ordenó el
fusilamiento de su marido. Lo recordaba bien: el
día en que lo sacaron de casa, él estaba
sembrando papas cerca del viejo pukllay. El
suelo tembló. Luego, el silencio.
En el mercado de la plaza, encontró un altar
improvisado. No era de madera ni de piedra, sino
de cables quemados y pantallas antiguas. Encima,
una imagen de la Virgen del Carmen con ojos de
cristal azul. Una mujer con máscara de tela
blanca rezaba en quechua, pero sus palabras eran
traducidas por un altavoz que emitía frases en
español. "Pide perdón, y tu muerto volverá."
No fue la voz lo que le heló la sangre. Fue el
cartel al lado: Bienvenidos al Nuevo Cuerpo de
Ancestros. Pago mensual: 120 soles. Sin pago:
eliminación del registro de existencia.
Esa noche, en el fondo de su antiguo cuarto,
halló la cuenta de una tarjeta bancaria que no
tenía. Cifras que subían cada mes. Un número
telefónico registrado a su nombre. Y debajo, en
tinta roja: "Reclamación activa: Marta Quispe,
viuda legal del ciudadano J. Quispe, ejecutado
en 1987. Requiere confirmación de estado
emocional para renovación de derechos civiles."
No había habido funeral. No había sepultura.
Solo una ficha en un archivo olvidado.
A partir de entonces, comenzó a asistir a los
nuevos cultos. No porque creyera. Porque sabía
que si se negaba, desaparecería. Pero también
sabía que si se acercaba, podía aprender cómo
funcionaba el sistema.
Durante seis meses, caminó entre los círculos de
luz artificial, escuchó rezos que repetían
nombres de muertos como si fueran contraseñas.
Vio cómo el líder del nuevo templo —un exoficial
de inteligencia con cara de niño— elegía a
quienes podían "regresar", no por fe,
sino por
capacidad de pagar. Los otros, los que no tenían
dinero ni memoria, eran borrados del mapa
digital. Sus hijos, sus padres, sus historias:
apagadas.
Un día, entró al salón secreto donde se grababan
los últimos testimonios. Allí, frente a una
computadora con el icono de una llama encendida,
descubrió que su marido no había muerto. Había
sido transferido. Registrado como "activo en
proceso de reeducación". Su nombre aparecía en
lista de personas "en uso".
Ella no lloró. Se sentó frente al teclado.
Escribió su nombre. Luego, el de él. Y pulsó
enviar.
Al día siguiente, el sistema falló. Todos los
registros de identidad se reiniciaron. Las luces
parpadearon. En los centros de reunión, los
altavoces dejaron de hablar.
Y en el centro de Chilcayoc, donde antes estuvo
el templo, apareció una cruz de madera vieja,
tallada con letras que nadie había visto antes:
Quien no recuerda, no existe.
Marta no volvió a ser vista. Pero en los pueblos
cercanos, las madres comienzan a enterrar sus
muertos bajo tierra, sin documentos, sin fotos,
sin números. Y cada noche, alguien deja una papa
sobre la puerta de una casa vacía.
El silencio, esta vez, no es ausencia. Es
memoria.


