El río se secó hace siete años. Desde entonces,
los campos de quinua quedaron como ceniza bajo
el sol de verano. Las aldeas se vacían. Solo
queda el valle de Chilca, donde las casas de
adobe se asoman a un cielo sin nubes, y donde
las mujeres dejan sus cestos vacíos en la puerta.
La lluvia ya no cae. No desde que el gobierno
declaró la emergencia ambiental y cerró todos
los pozos profundos. La nueva ley exige que solo
los hombres puedan extraer agua —las mujeres,
según el decreto, están prohibidas de tocar el
suelo sagrado.
Ella era la última bruja de pueblo. Su nombre no
se dice en voz alta. Se le llama Mama Pachamama,
aunque nunca fue una diosa, sino una curandera
con memoria de raíz. En el último festival de la
tierra, ella encendió los fuegos en el centro
del poblado. Cinco velas. Cada una por un año de
sequía.
La noche del fuego, desapareció. No hubo gritos.
No huellas. Solo una huella de polvo que llevaba
hacia el cerro de Puka Urqu, donde antes había
un templo inca. El viento paró. Los perros
callaron. Y en la casa de ella, el agua del
cántaro se volvió negra.
Tres días después, las niñas del valle
comenzaron a hablar con voces que no eran de
ellas. Dijeron que la bruja estaba regresando,
que había descendido al interior del mundo, que
las venas del suelo estaban abriendo. Un grupo
de jóvenes armados llegó del valle de Chimbote,
enviados por la nueva comisión ambiental.
Rompieron el altar de piedra. Sacaron el corazón
de roca tallada.
Al amanecer, el suelo tembló. No fue un
terremoto. Fue un latido.
Las mujeres del valle se reunieron alrededor del
pozo vacío. Comenzaron a cantar en quechua, pero
no palabras conocidas. Era un canto que nunca
había sido escrito. Sus manos se llenaron de
tierra que brillaba. Una sola gota cayó sobre el
polvo.
Debajo del pozo, algo se movió.
No había cuerpos. No había cadáveres. Solo una
serie de huecos redondos en la tierra, marcados
con símbolos antiguos, cada uno con una flor
seca dentro. La última flor, colocada por la
bruja, tenía raíces que se extendieron hasta el
fondo del pozo.
A partir de esa noche, el río no volvió a
secarse.
Pero nadie bebe de él.
Dicen que cuando miras al agua, ves rostros. Que
si canta, es porque sabe tu nombre. Que si se
mueve sola, es porque está contando.
Y en el valle de Chilca, ya no hay brujas. Solo
hay silencio. Y el silencio, ahora, habla.


