En los altos de Huancavelica, donde el frío

muerde hasta el hueso y la nieve no se derrite

desde el ’87, la tierra dejó de dar raíces. El

ejército llegó con camiones y fuego, acusando a

los campesinos de senderistas. No hubo juicio.

Solo la voz de los fusiles y el silencio de las

madres que ya no lloran.

María, curandera tradicional de los Q’eros,

sabía que el maíz morado ya no germinaba porque

el suelo recordaba sangre. No rezó. No cantó.

Enterró a su hijo, de siete años, con un

talismán de llamas y tres huesos de cóndor, y

puso en cada grano de tierra la maldición de los

antiguos: “Que el que mata, sea devorado por lo

que enterró.”

Un mes después, el teniente que ordenó el

masacre cayó en una grieta mientras patrullaba

la ladera. No fue un derrumbe. Fue como si la

tierra lo tragara con los ojos abiertos, los

dientes clavados en su propia camisa. Los

soldados que lo buscaron hallaron solo su botín,

lleno de raíces negras que se movían solas.

Dos semanas más tarde, el coronel que firmó las

órdenes se desmayó en el cuartel de Lima. Lo

encontraron con los pies hundidos en la alfombra,

las uñas convertidas en hojas de quinua, la boca

llena de barro seco. Nadie supo cómo llegó allí.

Nadie quiso preguntar.

La guerra no se ganó con balas. Se ganó con la

memoria de la tierra.

El último soldado que pisó el valle desapareció

en la neblina del 24 de julio, el día que el

ejército celebró su “victoria”. Lo vieron

caminar hacia la montaña, sin arma, sin gorra,

con las manos abiertas. Al amanecer, su sombra

ya no estaba. Solo quedó una piedra con forma de

niño, y en su base, un talismán de llamas.

La tierra no perdona. La tierra recuerda.

Y en los mercados de Surquillo, las mujeres que

perdieron hijos ya no lloran. Sienten el frío en

los pies. Y cuando el viento sopla desde el

norte, saben que algo está volviendo.