Ella bajó de la combi con el cuerpo envuelto en
tela de lana gris, sin llorar. Hacía tres años
que no pisaba Ancash, pero el aire olía igual:
salitre, quemado de leña y algo metálico que no
estaba antes. En el pueblo, nadie la miró a los
ojos. Sabían quién era: la guerrillera que mató
a un cura en 1987 y luego desapareció. Ahora
traía a su hijo, muerto de fiebre pulmonar en
Lima, tras dos meses en el hospital sin agua
potable ni medicinas.
El entierro no fue en el cementerio. La abuela,
con los dedos cubiertos de tinta de chilca, le
dijo: “La montaña ya no acepta muertos sin
pagar”. Las perforadoras del Instituto Geofísico
habían roto el casco del volcán Huaytapallana el
año anterior, buscando helio3. Pero no hallaron
gas. Hallaron un pulso. Una resonancia. Desde
entonces, los ríos se volvieron negros, las
lluvias traían ceniza con forma de caras, y los
niños que nacían con ojos de piedra no lloraban:
cantaban en quechua sin que nadie les enseñara.
La abuela encendió tres velas de cera de abeja y
una de parafina industrial. El sincretismo no
era creencia: era ley física. Los sacerdotes de
la iglesia local ya no decían misa. Encendían
lámparas de kerosén frente a estatuas de
Pachamama con circuitos incrustados en el pecho.
Los ingenieros del proyecto geotérmico, hombres
de traje y botas de cuero, dejaban ofrendas de
baterías usadas y tarjetas SIM en las grietas.
Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían:
la tierra no era roca. Era un organismo que
había aprendido a digerir la tecnología.
Ella no creía. Hasta que el niño se movió en el
ataúd.
No fue un espasmo. Fue un estiramiento lento,
como si los huesos recordaran cómo caminar. La
abuela susurró: “Te pide el equilibrio”. El
ritual no era para el muerto. Era para que la
montaña dejara de pedir más. La guerrillera
arrepentida tenía que dar algo que aún le
pertenecía: su voz. La que usó para gritar
órdenes en la selva, la que cantó canciones de
guerra en la oscuridad, la que nunca le dijo “te
amo” a su hijo.
No hubo danzas. No hubo cantos. Solo ella, de
rodillas, con una navaja de hoja ancha que le
dieron los ancianos —hecha de una pieza de cable
de cobre fundido—, cortándose la lengua hasta el
fondo. La sangre cayó sobre una placa de silicio
que el hijo llevaba en el bolsillo: un chip de
monitor cardíaco del hospital. Se iluminó en
tonos rojos y verdes, como un corazón que vuelve
a latir.
La tierra respiró. Un estertor profundo. Las
grietas del volcán se cerraron como ojos. El río
que corría negro se volvió transparente. Al día
siguiente, en Lima, los ingenieros descubrieron
que las máquinas ya no recibían señales. No se
rompieron. Solo dejaron de escuchar.
Ella murió con la boca vacía. No gritó. No rezó.
Solo se desplomó sobre la tierra que había
combatido, y que ahora la aceptaba. En el altar
de la iglesia, la imagen de la Virgen de la
Candelaria tenía ahora una corona de cables. Y
en el pueblo, los niños que nacían esa semana no
cantaban en quechua.
Cantaban en silencio.


