La máquina llegó en un camión de la DIRECCIÓN
GENERAL DE REGISTRO CIVIL, sin rótulos, con
ruedas de tractor y un tubo de cobre que chupaba
nombres de los papeles. Nadie la instaló:
simplemente se encendió en el sótano del
Ministerio, y empezó a pedir censo de los
difuntos. No para archivarlos. Para borrarlos.
Si no daban su huella dactilar en vida, si no
firmaban en papel de copia carbonizada,
desaparecían de los libros. Las pensiones se
cortaban. Las tumbas, selladas. Las viudas,
acusadas de fraude.
En Villa El Salvador, el comisario Ríos dejó de
cargar su pistola hace tres años. Ya no le
importaba si los desaparecidos eran guerrilleros,
mendigos o niños que murieron de neumonía en las
chabolas. Solo le importaba que su hija, muerta
en ’82, seguía en los registros. Hasta que la
máquina la borró. Él fue a verla. La tumba
estaba vacía. Solo quedaba un papel con un sello:
“SOLICITUD DE CENSO NO COMPLETADA”.
Ella se llamaba Tumpa. No estaba en ningún libro.
Nació en Huancayo, fue llevada a Lima con cinco
años, y nunca registró su nacimiento. Sus padres
murieron en un ataque del Sendero. Ella vivió en
una carpa de plástico, vendiendo chicha en la
esquina de la avenida Brasil. Nadie la vio morir.
Pero la máquina la buscó. Y cuando no la
encontró, empezó a devolverla. Primero, un pie
en la puerta de su antigua casa. Luego, una
sombra que lavaba ropa en el río Rímac.
Finalmente, una voz que decía “no me borren” en
quechua, por los altavoces de la municipalidad.
Ríos la siguió. No por deber. Porque ella era lo
único que no podía borrar la máquina. Y él, el
policía desencantado, era lo único que no le
creía a la máquina. Cuando la encontró en el
cementerio de San Pablo, ella le puso una flor
de kantuta en la solapa. Él no habló. Solo le
dio su último pan con queso. Ella se desvaneció
al amanecer. Pero la máquina, esa noche, se
incendió sola. No por un cortocircuito. Porque
alguien le pidió su censo… y no lo dio.
Al día siguiente, en todas las municipalidades
del Perú, los registros volvieron a mostrar
nombres que no existían. Los muertos que
volvieron, no eran fantasmas. Eran los que nadie
quiso ver. Y la máquina, ahora en pedazos, tenía
en su interior un papel manuscrito: “Tumpa.
Nacida en Chinchaypujio. Sin documento. Con
derecho a existir.” El jefe del ministerio firmó
un nuevo decreto: “Censo obligatorio para todos
los vivos. Los muertos, ya no.” Pero en los
barrios altos, las mujeres siguen dejando flores
en las puertas. Porque saben que si la máquina
vuelve, Tumpa estará allí. Y esta vez, no la
dejarán ir.


