En las laderas de San Juan de Lurigancho, donde

los muros de concreto se agrietan con raíces de

quinua y el humo de los hornos de barro huele a

incienso de coca, Elena, sacerdote sincretista,

entierra bajo el altar de una iglesia abandonada

una misal cosida con hilos de lana de vicuña y

hojas de coca bendecidas por el último cura de

Huarochirí. Su hijo, Diego, desapareció en la

noche del 15 de diciembre de ’87, cuando los

militares arrasaron el barrio con gritos de

“terroristas” y bolsas negras. Ella no llora.

Ella recita.

La ciencia ficción aquí no es de naves ni robots:

es que los muertos de la guerra interna no se

van. Se quedan en la tierra como sombras que

respiran bajo las piedras, y solo los que saben

escuchar el susurro de Pachamama pueden oírlos.

Elena lo sabe porque su abuela le enseñó que el

cemento no entiende de duelo, pero la tierra sí.

Ella no busca venganza. Busca devolver. Usa el

ritual de la “Tinkuy de los Caídos”, prohibido

desde el Concilio de Lima en 1842, que exige

tres cosas: un hueso del desaparecido, una

lágrima de quien lo amó, y el silencio de un

niño que nunca supo quién era su padre. El niño

es su nieto, de ocho años, que no habla desde

que vio cómo arrastraban a su madre por el patio

de la escuela.

Cuando Elena quema la misal bajo la luna llena,

la tierra se abre. No como hoyo. Como boca.

Salen diecisiete cuerpos. No fantasma. No

espíritu. Cuerpos. Con ropa de ’87, polvo en los

ojos, y las manos aún con las marcas de las

esposas. Uno camina hacia ella. Es Diego. Pero

ya no es su hijo. Tiene los ojos negros como los

de los wankas antiguos. Y cuando habla, no usa

palabras. Usa el canto de las piedras.

La regla que muerde: nadie que invoque a los

muertos con intención de justicia puede volver a

tocar el suelo sin que la tierra lo reclame.

Elena lo sabe. Lo sabía desde que su madre

desapareció tras enterrar un pañuelo con el

nombre de su hermano. Pero ella lo hizo igual.

Los cuerpos no gritan. No piden justicia.

Caminan hacia el centro de Lima. Hacia la Plaza

de Armas. Hacia el Palacio de Gobierno. Donde

hoy hay un centro comercial con nombre de

banquero.

Al amanecer, el edificio se derrumba. No por

explosión. Por raíces. Raíces de maíz negro, de

quinua negra, de chancaca que crecen desde el

subsuelo y rompen los cimientos como si la

ciudad fuera una tumba mal enterrada.

Elena se queda sentada en el altar, con el nieto

en brazos. El niño mira a los cuerpos que ahora

se sientan en los bancos del centro comercial,

como si fuera una misa normal. Uno de ellos le

da una manzana. La manzana tiene sabor a tierra

mojada.

El nieto sonríe. Por primera vez.

La tierra ha devuelto. No para perdonar. No para

curar. Para recordar.

Y ahora, cada noche, en los barrios altos de

Lima, las mujeres ponen una olla de chuño en la

puerta. Porque saben que si lloran en silencio,

los muertos vuelven. Y esta vez, no van a

esconderse.