La mina de San Nicolás se hundió en el ’87, y
con ella, treinta y siete cuerpos, tres camiones
de oro no declarado, y el último río subterráneo
que alimentaba los cultivos de Quillabamba.
Desde entonces, el cielo sobre la sierra norte
no lloró. Las nubes se partían como vidrio al
acercarse, y los ríos de la cordillera se
volvieron polvo en sus lechos. Los campesinos
que no huyeron a Lima murieron de sed o de
silencio.
La anciana, doña Rosa, no habló desde que vio a
su hijo enterrado vivo bajo los escombros. Nadie
la escuchó llorar. Solo la veían caminar cada
luna nueva hasta el borde del cráter, con un
pañuelo de lana morada y una flauta de caña de
la que ya no salía aire. Los jóvenes decían que
estaba loca. Los viejos, que era la última que
recordaba el canto de las Pachamamas antes de
que las mineras la llamaran “recurso”.
En el ’93, el gobierno cerró el sitio como zona
de riesgo, pero nadie cumplió. Los que quedaban —
mestizos, quechuas, y unos pocos criollos que
perdieron todo— seguían recolectando esquirlas
de mineral en la oscuridad, a cambio de un
puñado de arroz o una botella de aguardiente. La
regla era clara: quien tomara más de tres
fragmentos de oro por día, desaparecía al
amanecer. Nadie lo dijo. Lo vieron: el primero
fue el capataz, que se fue a buscar una veta que
brillaba como ojos de puma. Su sombra se deshizo
en la tierra como ceniza.
La luna nueva del ’95 llegó con viento de hielo.
Doña Rosa subió con la flauta en la mano, sin
pañuelo, sin bastón. No llevaba comida. No lloró.
Se paró donde el suelo aún cantaba, y empezó a
cantar. No era voz. Era resonancia. Como si la
tierra, por primera vez desde el colapso,
hubiera recordado cómo exhalar.
Los que estaban cerca dejaron de cavar. Los que
habían perdido hijos se agacharon. Alguien en la
oscuridad susurró: “Es el canto de Wiraqucha”.
Nadie lo negó.
Cuando terminó, el cráter se abrió. No como
grieta. Como boca.
Salieron los cuerpos. Sin descomponer. Con los
ojos cerrados, las manos en el pecho, vestidos
con ropa de ’87. Uno llevaba un niño en brazos.
Otro, una bandera de la cooperativa rota. Todos,
silenciosos.
No hubo gritos. Solo respiraciones que volvieron.
Al amanecer, el cielo dejó caer la primera gota
en veinte años.
Y en el fondo del cráter, entre los cuerpos,
crecía una flor de quenua, blanca y frágil, que
nadie había visto desde antes de la guerra.
Doña Rosa se sentó sobre una roca, y sonrió.
Nadie volvió a cavar.
La tierra había devuelto lo suyo.


