En los barrios altos de Lima, tras el desplome
del terrorismo, los sobrevivientes entierran a
sus muertos con sal y hojas de coca, porque el
ejército no permitía funerales que no fueran de
Estado. El curandero tradicional, Ñanqui, perdió
a su esposa en una redada del 87, y desde
entonces lleva en la espalda la deuda de sangre:
cinco vidas que no pudo salvar, y una promesa
hecha en el silencio del río Apurímac, jurada
con su propia carne.
La tierra ya no crece. Las huertas de los
barrios se vuelven polvo bajo el sol de la costa,
y los ancianos dicen que la Pachamama llora sin
llanto porque los hombres le arrancaron las
raíces para construir cuarteles. Ñanqui sabe que
la deuda no se paga con dinero, sino con lo que
el ejército teme: el canto que despierta a la
madre tierra.
En el fondo del basurero de Villa El Salvador,
donde los niños buscan latas para vender,
encuentra una caja de metal con los huesos de su
madre —no enterrados, sino escondidos por los
soldados que la mataron por cantar el yaraví en
la plaza de Chosica. No hay lágrimas. Solo sus
dedos, callosos de raíces y hierbas, acarician
los cráneos como si aún pudieran oír el eco.
Esa noche, bajo la luna de junio, Ñanqui traza
el círculo de pachamama con ceniza de eucalipto
y sal de Maras. No invoca espíritus. No pide
perdón. Canta el yaraví que su madre le enseñó
antes de que lo mataran —la misma melodía que el
ejército prohibió en todos los pueblos entre
1983 y 1992.
Al tercer verso, la tierra se abre. No como un
pozo, sino como una boca. Raíces negras, más
gruesas que brazos de hombre, emergen de la
basura, trepan los muros de la caseta del
guardia, arrancan los cables de luz, y se
enrollan alrededor de la bandera que aún ondea
sobre el cuartel abandonado.
Los soldados que quedan huyen. Nadie lo sabe,
pero en el barrio, las primeras papas nacen en
el suelo quemado. Una niña de ocho años, hija de
una exdesaparecida, toca la flauta de totora y
canta el mismo yaraví. Ñanqui no sonríe. Pero
pone una hoja de coca sobre la tumba de su
esposa.
La deuda no se canceló. Se transformó.
Y la tierra, por primera vez en veinte años,
respira.


