El gas se cortó en diciembre del ’89. En el
barrio de San Juan de Lurigancho, Elena cortó
con una navaja la última cinta de electricidad
que conectaba su casa al tendido ilegal. No hubo
gritos. Solo el silencio de los niños que ya no
lloraban por la falta de leche. Su hijo,
Miguelito, tenía la piel azulada desde que el
agua del río Rímac empezó a saborear a los
huesos. Nadie hablaba de los muertos por el
mercurio. Se decía que era “la tos de los
antiguos”.
Ella sabía que en el valle de Huancavelica,
donde los ancianos aún hablaban con la Pachamama
sin que el ejército los matara por “subversivos”,
las hojas de coca y la arcilla roja curaban lo
que los hospitales no podían. La ley de los
militares decía: “Quien abandone la ciudad sin
permiso pierde su ración y su documento”. Elena
quemó su cédula en el patio, con un fósforo que
le dio un vecino que ya no respiraba. No era
exilio voluntario. Era el único acto que aún le
dejaba ser madre.
Caminó tres días con Miguelito en una mochila de
lana de llama. En el camino, vio cadáveres
flotando en charcos de lluvia ácida donde antes
había chacras. Un perro callejero, pelaje blanco
y ojos amarillos como los de los wankas, la
siguió hasta el puente de Chinchaypujio. Allí,
el animal se sentó y aulló tres veces. El cielo
se abrió. No llovió. Salió una niebla verde,
como la que se ve en las fiestas de Qoyllur
Rit’i, pero sin música. La niebla se metió en la
boca de Miguelito. Él dejó de toser. No dijo
nada. Solo miró hacia la montaña.
Al llegar a la comunidad de Tinti, la gente no
la miró con lástima. Le dieron un poncho de lana
teñida con chilca y un cuenco de chicha de jora.
Nadie preguntó por su pasado. Nadie mencionó el
nombre del régimen. Esa noche, Elena vio cómo
las mujeres encendían fuegos en el suelo, no
para calentarse, sino para que la tierra
recordara quiénes eran. Miguelito durmió sin
fiebre. La primera vez en seis meses.
Al amanecer, la niebla volvió. Esta vez, cubrió
toda la comunidad. No era magia. Era el viento
que llevaba los esporas de un hongo antiguo, el
Pachamama’s Breath, que crecía solo donde la
tierra había sido violada y luego callada. La
gente lo llamaba “la cura de los que no se
rindieron”. No era leyenda. Era biología. Y era
la única que aún funcionaba.
Elena no regresó. No necesitaba permiso. Ni
documento. Ni ración.
Miguelito empezó a dibujar en la tierra: líneas
que parecían caminos, pero también raíces.
La niebla no se fue.
Se quedó.
Y con ella, la memoria de lo que el país intentó
borrar.


