En 1993, en las afueras de Huancayo, el
exsoldado Raúl Mendoza entierra su chullo rojo
bajo un molle junto al río Apurímac, donde su
hermana Elena fue encontrada con la garganta
cortada y los ojos tapados con piedras de
Qoyllur Rit’i. Nadie investigó. El ejército dijo
que era “colaboradora de Sendero”. La gente
calló. Raúl dejó la guerra, pero no la memoria.
Tres años después, con dinero de cocaína y un
camión de acero roto, Raúl empieza a comprar
tierras en el valle de Mantaro. No para cultivar.
Para desenterrar. Cada luna llena, con un grupo
de ancianos que ya no hablan del pasado, saca de
la tierra huesos de desaparecidos, chullos de
lana, y fragmentos de estatuillas de Pachamama
quebradas por los soldados en ’88. La tierra no
devuelve los muertos. Pero sí los recuerdos: los
que se entierran con un chullo, vuelven con el
viento de la altitud.
En 1997, cuando el gobierno anuncia la
“reconstrucción nacional” y quiere construir una
presa sobre el río, Raúl no se opone. Él vende
el terreno. Pero antes, en la noche del
equinoccio, pone en cada poste de la cerca una
piedra de Qoyllur Rit’i, y en cada una, clava un
pedazo de chullo de su hermana. La presa se
construye. El agua sube. Y cuando el embalse se
llena, las piedras flotan. No se hunden. Nadie
entiende. Los ingenieros dicen que es “falta de
densidad”. Los ancianos lloran en quechua.
Una semana después, el ingeniero jefe se ahoga
en su propia casa en Lima. El cuerpo lo
encontraron con un chullo rojo en la boca. No
hubo investigación. Nadie lo buscó. En las
calles de Surquillo, los niños cantan una
canción nueva: “La tierra no perdona, la tierra
recuerda”.
Raúl desaparece. No se sabe si murió, si se fue
a la selva, o si sigue caminando entre los
puentes de agua, donde las piedras flotan como
ojos. Pero cada año, en mayo, en el pueblo de
Lircay, alguien deja un chullo nuevo en la
puerta de la casa de quien traicionó a los suyos.
Y siempre, antes del amanecer, la tierra se abre
un poco. Suficiente para que el viento susurre.


