El sol se apagó en el 87, no por supernova, sino
porque los generales del Ejército lo apagaron
con espejos de óxido en la cima de Huayna Picchu,
para que nadie viera los fusilamientos en la
Plaza San Martín. Desde entonces, el día dura
doce horas de penumbra gris, y la luz se vende
en latas de aluminio selladas con cera de abeja
andina. Quien posee una lata puede caminar sin
miedo a los esbirros de los nuevos caudillos,
que rigen desde los restos del Palacio de
Gobierno con botas de cuero de vicuña y medallas
de balas recicladas.
María, madre soltera de Luki, lleva diez años
recolectando latas en los basurales de Callao,
donde los restos de la antigua Lima se mezclan
con chancas de plástico y huesos de llamas
sacrificadas en rituales silenciosos. Su esposo
murió en el 89, cuando lo arrastraron por la
calle Jirón de la Unión por llevar un reloj de
pulsera — un artefacto prohibido, porque los
caudillos creen que el tiempo es suyo, y quien
lo mida, traiciona su eternidad. Luki nació sin
memoria de la luz, pero sabe el sonido del reloj:
el tictac que su padre cantaba antes de
desaparecer.
Cuando el último reloj del mundo — un cronómetro
de bronce con la inscripción “1979” en la tapa —
aparece en el mercado negro de Surquillo,
vendido por un anciano que juró haberlo visto en
el cuarto del general Pinochet, María lo compra
con cinco latas y un collar de dientes de puma.
No lo quiere para venderlo. Lo quiere para
enterrarlo.
La regla que no se escribe, pero todos saben:
quien toca un reloj antes de la luna nueva, se
convierte en su guardián. Y quien lo entierra en
un lugar sagrado, desata la memoria del mundo.
María camina con Luki hasta el valle de Vilca,
donde los quechuas esconden los muertos bajo
piedras que cantan. No lleva comida, ni agua.
Solo el reloj envuelto en un poncho de lana
teñida con cochinilla. Los soldados de Chávez,
el caudillo de los Andes Centrales, la siguen
desde Huancayo. No por el reloj. Porque saben
que ella es la única que recuerda el nombre de
su hijo antes de la dictadura: Juan.
En la noche de luna nueva, María baja la piedra
de Tinkuy, la que guarda el eco de los que
lloraron en el 83. Con una pala de hierro
oxidado, cava hasta tocar el suelo que aún huele
a salitre y sangre vieja. Luki no habla. Solo
pone su mano sobre el reloj, como si lo
conociera. María lo entierra. No llora. No grita.
Solo murmura, en quechua: “Kallpa warmi,
kawsaymanta.”
Al amanecer, el sol no vuelve. Pero el aire
cambia. Las latas de luz se vuelven pesadas. Los
caudillos sienten el tiempo como un hueso roto
en el pecho. En Lima, los esbirros se miran con
ojos vacíos. Alguien grita que el reloj está
tocando. Nadie lo oye. Pero todos saben que algo
se rompió.
María y Luki desaparecen hacia el Amazonas,
donde nadie mide el tiempo, y las mujeres no
lloran por lo que perdieron. Solo por lo que aún
pueden llevar.
El reloj ya no marca horas. Marca el día en que
el Perú recordó que el tiempo no es de los que
matan.


