En la Lima de 2087, el río Rímac ya no fluye: es

un canal de cenizas y papeles quemados, restos

de un Estado que colapsó tras la guerra interna

y la hiperinflación de los 90. La gente no muere

de balas, sino de trámites. Nadie tiene cédula,

pero todos deben presentar el Formulario 7B2

para enterrar a sus muertos. Si no lo firman en

siete días, el cuerpo se lleva el viento, y la

familia se convierte en deudora eterna.

El Caudillo Carismático —solo lo llaman así los

viejos que recordaban sus discursos en el

Mercado de Surquillo— ahora camina entre las

pilas de papeles con una mochila llena de sellos

de madera y un lápiz de hueso. No gobierna.

Juzga. Porque cuando el gobierno se fue, él se

quedó con los sellos, los pliegos y la memoria

de quién debía qué. Su poder no viene de armas:

viene de que nadie más sabe leer los códigos de

la burocracia que mató al país.

Una mujer andina llega con el cuerpo de su hijo,

muerto en un deslizamiento en el Cerro de Pasco.

Trae el Formulario 7B2, lleno de sangre seca,

pero sin el sello del Ministerio de Vivienda. El

Caudillo lo mira. Ya no hay ministerio. Pero él

lo sella igual. Con su dedo, mojado en la sangre

del niño, pone el sello: "Aprobado por Deuda de

Sangre". La mujer llora sin sonido. El viento se

lleva el papel. Y de pronto, entre las cenizas,

aparece un nuevo documento: el Certificado de

Reembolso por Vida Interrumpida. Firmado por el

propio Caudillo. Con su firma, el hijo no está

muerto: está en deuda. Y el Caudillo lo cobrará

en la próxima temporada de lluvias, cuando las

familias tengan que entregar sus hijas como

trabajadoras de archivo en los archivos

flotantes de Chorrillos.

Esa noche, el Caudillo enciende su última vela

de cera de abeja. En ella, el humo forma letras

que solo él entiende: “Sátira Burocrática”. Las

paredes de su casa, hechas de papeles quemados,

se iluminan con los nombres de los desaparecidos,

los exiliados, los que pagaron con hijos. El

viento no se lleva más papeles. Empieza a llevar

a los vivos. Uno por uno. Porque la deuda ya no

es de dinero. Es de cuerpo. Y el Caudillo, con

su lápiz de hueso, sigue firmando. Apasionado.

Como si escribir fuera rezar. Como si cada firma

fuera un grito que nadie más oye, pero que el

río recuerda.