En Quispicanchi, donde los niños caminan dos
horas bajo el frío de la puna para llegar a la
escuela de madera y paja, el profesor Huayna
enseña a leer con mapas dibujados en tierra. La
escuela no está en los planos del Ministerio,
pero sí en los libros de cuentas del clan Túpac.
Aquí, el antiguo ritual de enterrar los huacos
bajo los pilares de las aulas no es superstición:
es ley. Cada nuevo pilar, cada reforma escolar,
cada ladrillo traído desde Cusco es una tumba
para un objeto que el Estado no quiere ver. La
escuela no enseña historia: la entierra.
El año del hiperinflación, cuando las libretas
se venden por panes, Huayna encuentra bajo el
piso de su aula un khipu de lana roja con nudos
que no corresponden a números. Lo reconoce: es
el registro de las tierras de su abuela, borrado
en los años 70 por el ejército y vendido al clan.
Esa noche, enciende una vela de cera de abeja y
lo desenreda. Los nudos dicen: “Tres huacos. Dos
caminos. Un niño que no volvió”. No es magia. Es
memoria que el sistema no pudo matar.
Al día siguiente, lleva el khipu al alcalde, un
hombre de traje que sonríe con dientes de oro.
El alcalde le da un sobre con dinero nuevo,
fresco, y le dice: “Es un regalo de la escuela
nueva que vendrá”. Huayna lo guarda. No lo gasta.
Lo mete en la bolsa del niño que no volvió, el
que se fue a Lima y nunca mandó carta. Esa noche,
el techo de la escuela se derrumba. No por
lluvia. Por dinamita. Los muros que ocultaban
los huacos caen, y con ellos, el nombre de
Huayna en el registro del ministerio:
“Desaparecido por motivos personales”.
En Lima, en los barrios de Villa El Salvador,
una mujer compra en el mercado un khipu de lana
roja. Lo mira, lo toca, y llora sin saber por
qué. En la radio, una voz anuncia que el
gobierno ha inaugurado cinco nuevas escuelas en
los Andes. Nadie pregunta por el maestro. Nadie
lo busca. Pero en cada aula nueva, bajo el piso,
un nuevo ladrillo es colocado. Y en cada uno, un
huaco. Y en cada huaco, un nudo. El sistema no
necesita mentiras. Solo silencios bien
enterrados.


