En el valle de Huancavelica, el gobierno
provincial decide digitalizar registros civiles.
La oficina de registro civil, un edificio de
ladrillo rojo y ventanas sin vidrio, se
convierte en el centro de una operación de
limpieza burocrática. Entre los documentos
revisados, aparece un nombre: Yana Túpac,
supuesta funcionaria jubilada, cuya firma
coincide con la de una anciana que vive en las
afueras, Yana Ñan, conocida por sus visiones
sobre el clima y el futuro de los cultivos.
El alcalde, un hombre de chaqueta de lana y ojos
entrecerrados, ordena la suplantación. Yana Ñan
es invitada a la oficina bajo el pretexto de
"corrección de errores". Allí, su nombre se
sustituye en los archivos por el de Yana Túpac,
y se le entrega un uniforme verde con el sello
del gobierno. Ella no lo sabe, pero ahora es una
figura clave en el sistema.
Los campesinos, acostumbrados a las injusticias,
comienzan a acudir a ella con papeles perdidos,
tierras reclamadas, y promesas de subsidios.
Yana Ñan, con su mirada severa y sus manos
callusadas, repite frases como "el estado no
olvida" y "la tierra es de quien la
siembra",
palabras que son registradas en actas oficiales
como decisiones legales.
La burócrata real, Yana Túpac, que vive en Lima,
recibe notificaciones de que su nombre ha sido
suplantado. En una reunión con el ministerio,
intenta denunciar el fraude, pero su voz se
pierde en el caos de trámites y papeles
duplicados. Mientras tanto, en el valle, Yana
Ñan, sin entender el alcance de su nuevo rol,
empieza a firmar permisos de agua, certificados
de nacimiento, e incluso resoluciones de
conflictos entre hermanos.
Un día, un joven estudiante de derecho, hijo de
un campesino, llega a la oficina con una
denuncia: su abuela fue expulsada de su tierra
por un fallo judicial que lleva su firma. Yana
Ñan, al revisar el documento, se da cuenta de
que algo anda mal. El papel está fechado en el
año 200, un tiempo antes de su nacimiento.
Esa noche, en un ritual de purificación
ancestral, Yana Ñan enciende una fogata con
hierbas aromáticas y llama a los espíritus del
lugar. En medio de la humareda, ve la imagen de
Yana Túpac, sonriente, y comprende la verdad: su
identidad fue robada para cubrir un escándalo de
corrupción.
Al amanecer, con el apoyo de los campesinos,
Yana Ñan entra en la oficina y devuelve los
documentos, firmados con su nombre original. El
alcalde, atrapado en su propia red de mentiras,
huye. El gobierno provincial, ante la presión
popular, anula la suplantación.
Yana Ñan regresa a su chacra, donde los niños le
preguntan qué pasó. Ella solo dice: "A veces, el
estado no ve más allá de su propio reflejo".


