En 1987, cuando el hiperinflación devoraba los

sueldos y los desaparecidos aún no tenían nombre,

una mujer con trenzas de yaraví y ojos de lluvia

bajó del ómnibus de Tarapoto al puerto de Callao.

Llevaba un fardo de tela negra: el cuerpo de don

Efraín Vargas, el caudillo que en los 60 mató a

cien campesinos en Chachapoyas y luego se volvió

leyenda en los barrios altos. Nadie lo recordaba,

pero los sueños de los pobres lo tenían vivo: en

ellos, él les pedía coca, dinero, hijos. Y ellos

le daban.

Ella era Añamari, chamán amazónico de los Yine,

y el pacto que selló con Vargas en 1963 —su alma

por el poder de unir a los desplazados— se había

roto. Ahora, el caudillo no moría. Se alimentaba

de la fe de los migrantes, y su sombra crecía en

los muros de las chabolas, en las oraciones

calladas de las madres que no podían comprar pan.

Añamari no venía a vengarse. Venía a enterrarlo.

Pero el cuerpo no se movía. Se clavó en el suelo

como raíz de árbol sagrado. Las mujeres del

barrio la miraban sin decir nada. Ellas sabían:

si lo enterraban, perderían la esperanza. Si no,

Vargas seguiría robando sueños.

Entonces encontró a Héctor, el exsoldado que lo

mató en 1963 y luego desertó. Lo vio limpiando

redes en el muelle, con la cicatriz de un tiro

en el pecho y el nombre de su hija tatuado en el

brazo. Ella lo llamó con un gesto. No hablaron.

Él la siguió hasta el basural de San Juan de

Lurigancho, donde el aire huele a tierra quemada

y a chicha de jora.

Allí, entre latas de conserva y muñecas rotas,

Añamari le enseñó el pacto: Vargas no era hombre.

Era un espíritu nacido del caudillismo,

alimentado por la desesperanza de los que no

tenían voz. Para matarlo, debía darse un amor

imposible: una mujer de la selva y un hombre que

mató por el Estado.

El ritual exigía un cuerpo vivo. No el de Vargas.

El de ella.

Héctor negó con la cabeza. Ella no habló. Solo

le puso en la mano una piedra negra, la misma

que usó en 1963 para sellar el pacto. Él la

apretó hasta que le sangró la palma.

Al amanecer, se desnudaron en la tierra fría,

sin besarse, sin mirarse. Solo se tocaron. Ella

cantó en quechua, una canción de despedida que

nadie escuchó desde el Apurímac. Él lloró sin

hacer ruido.

Cuando el sol subió, Vargas ya no estaba en los

sueños.

Pero Añamari tampoco.

Solo quedó Héctor, con la piedra en el pecho y

la tierra entre los dedos.

Y en la mañana siguiente, una niña de 8 años en

el Callao soñó con una mujer de trenzas largas

que le dio un pan de quinua y le dijo: “Ahora tú

eres la memoria”.

La leyenda cambió.

El caudillismo no murió.

Se volvió mujer.