La casa de madera en el cerro de San Isidro se
derrumba bajo el peso de la lluvia. El artista
bohemio, con cuadernos llenos de dibujos de
mujeres sin rostro, recibe una carta de un
notario: su tía, desaparecida desde 1940, le
deja una herencia. La única condición es casarse
con una desconocida en el plazo de siete días.
Él acepta, sin saber que la novia es una mujer
de la Antiguo, una descendiente de los primeros
colonos que resistieron la invasión española.
El matrimonio se celebra en un rincón del
mercado de Lima, donde los vendedores de frutas
y las putas de la zona miran con desdén. La
novia, callada y con ojos de piedra, no habla.
El artista bohemio se pregunta si es una bruja o
solo una víctima. Al tercer día, encuentra un
diario en el armario de la habitación. Las
páginas hablan de una secta que operaba bajo el
régimen de los caudillos, usando rituales
ancestrales para controlar a los poderosos. La
tía era parte de ellos.
La corrupción sistémica no es solo dinero. Es el
modo en que los muertos siguen mandando. El
artista bohemio empieza a ver sombras en los
espejos, a escuchar voces en la noche. La novia
lo lleva a una casona abandonada en el distrito
de Rimac, donde los muros están cubiertos de
símbolos que no reconocen. Allí, bajo un altar
de piedra, hay un cuerpo: el de su tía, pero con
las manos cortadas y los ojos abiertos. El arte
de la secta no es solo manipular, sino dejar
huella.
El artista bohemio intenta huir, pero cada paso
lo lleva de vuelta. La novia lo sigue, con una
sonrisa que no llega a sus labios. En el último
día, él rompe el pacto. La novia se convierte en
polvo, y el diario desaparece. La herencia se
borra del registro. Nadie más recuerda a la tía.
Solo el artista bohemio, con un nuevo cuaderno
vacío, sabe que el pasado no se puede borrar con
un pacto. La corrupción sistémica no es un lugar,
sino un estado. Y él ya no puede salir.


