El hacendado don Ramón Vásquez, dueño de una

hacienda en el valle de los ríos secos, recibe

una carta firmada con un sello antiguo. La carta

menciona un ritual olvidado, uno que según los

ancianos de su aldea no debe repetirse. El

mensaje es claro: "La tierra reclama su

dueño".

Dos días después, el ejército entra en el pueblo.

Un golpe de estado ha derrocado al gobierno. Los

soldados rodean la hacienda, buscando a un líder

rebelde cuyo nombre no se pronuncia en voz alta.

Don Ramón, acostumbrado a vivir en la sombra del

poder, se niega a salir. Pero cuando los

soldados rompen la puerta, lo encuentran en la

sala principal, envuelto en una manta de lana

tejida por sus abuelas.

En medio del caos, un hombre de la aldea, viejo

y con ojos de serpiente, le entrega un objeto:

un fragmento de cerámica con la figura de un

dios andino. "Es el último testigo",

dice. Don

Ramón lo toma, pero el objeto se calienta en sus

manos, dejando una marca en su piel.

La noche siguiente, el ejército vuelve. Esta vez,

busca el objeto. Don Ramón huye hacia las

montañas, llevando consigo la cerámica y el

secreto que ha estado esperando décadas. En la

oscuridad, escucha voces que no son humanas. Son

los espíritus de los antiguos dueños de la

tierra, que no perdonan la traición.

Al amanecer, el ejército lo encuentra en un

templo abandonado, de pie frente a un altar. La

cerámica brilla con un fuego azul. El oficial

que lo captura no entiende lo que sucede, pero

cuando el dios se despierta, el mundo cambia. La

tierra se mueve, los ríos se invierten, y el

tiempo se rompe.

Don Ramón no muere. Solo desaparece. Su hacienda

queda vacía, pero el ritual continúa. Cada año,

en el solsticio de invierno, un nuevo hombre

aparece en el mismo lugar, con el mismo objeto y

la misma marca en la piel. La tierra sigue

reclamando su dueño.