En el Callao de 1847, las mujeres que trabajan

en los astilleros mueren de hambre mientras el

puerto se llena de trigo exportado a Europa. La

aristocracia criolla ha comprado las tierras

fértiles de los Andes y las vende como tierras

de cultivo rentable, ignorando que sin la

rotación sagrada de la Pachamama, la tierra se

vuelve salitre. Nadie recuerda ya que la tierra

no se posee, se cuida.

La chamán amazónica, Yarina, llega con los pies

cubiertos de barro de la selva, sin hablar, sin

pedir. Lleva una bolsa de semillas de quinoa

negra y una piedra de obsidiana que emite un

sonido como el viento entre las hojas de

eucalipto. Las mujeres del tugurio la reconocen:

es la que curaba con raíces en el río Ucayali,

la que desapareció cuando los soldados de Santa

Cruz quemaron su comunidad. Ella no es una

curandera. Es un recordatorio.

La noche del solsticio, el gobernador costeño

ordena que se celebre el “Festival de la

Abundancia”: cien mujeres deben bailar desnudas

sobre el piso de cemento recién vertido,

mientras los hijos de los hacendados arrojan

monedas de plata sobre ellas. Es un ritual

invertido: la tierra no recibe, ella entrega. La

Pachamama ya no es madre, es espectáculo.

Yarina se acerca al altar de cemento. No pide.

No ruega. Se quita el poncho de lana de alpaca,

muestra las cicatrices de quemaduras en el pecho

—las que le hicieron cuando intentó enterrar las

semillas en el suelo de Lima— y se sienta sobre

la piedra de obsidiana. Cada una de las cien

mujeres se detiene. El viento se calla. Nadie ha

visto a una mujer hacer esto sin ser ejecutada.

Ella se corta la muñeca. La sangre cae sobre la

obsidiana. La tierra responde. No con lluvia. No

con flores. Con grietas. La calle donde está el

altar se parte en dos. El cemento se agrieta

como cáscara de huevo. Bajo el polvo, las raíces

de la quinoa negra brotan, verdes, firmes, como

dedos de la tierra que nunca se rindió.

El gobernador grita órdenes. Los soldados

levantan fusiles. Pero las mujeres no huyen. Se

arrodillan. Cogen tierra con las manos. La

llevan a sus casas. La esconden bajo las camas.

La mezclan con la sopa de la mañana.

Al amanecer, el puerto sigue lleno de trigo.

Pero en los tugurios, las mujeres no mueren de

hambre. Tienen quinoa. Y no la compran. La

cultivan. En el suelo que la aristocracia creyó

muerto.

La piedra de obsidiana se funde en la tierra.

Nadie la vuelve a ver.

El sacrificio no cambió el mundo. Lo hizo más

pesado. Pero ahora, cada mujer que planta una

semilla en el Callao sabe: la tierra escucha, y

no perdona a quienes la usan como moneda.