En el Callao de 1983, la fábrica textil de San
José cierra tras la huelga quebrada. Rosa,
obrera sindicalista, recoge de los basureros los
objetos que los militares dejaron al llevarse a
los compañeros: una estatua de Pachamama con
ojos de obsidiana, un paño de lana teñido con
cochinilla, y un colgante de caracoles de la
costa. Las reglas del sindicato dicen: nada de
rituales, nada de indígena, nada que llame la
atención. Pero Rosa sabe que los muertos no
duermen si no están en la tierra.
Cada noche, bajo el puente de La Punta, entierra
un objeto. La tierra los rechaza: se deshacen en
polvo, brotan raíces negras, o se levantan como
si alguien los sacara. Nadie habla. Los vecinos
cruzan la calle. Los niños de la calle dicen que
la Pachamama llora con lluvia de sal.
Una mañana, el sindicato entrega a los militares
las reliquias que Rosa escondió. El coronel las
exhibe en la plaza de armas como “símbolos
subversivos”. Queman todo. El humo huele a
quemado de cebolla y a tierra vieja. Esa noche,
Rosa va sola al cementerio de San Lorenzo. Lleva
una sola cosa: el colgante de caracoles, que
nunca se quemó. Lo entierra en la fosa de un
niño sin nombre.
Al amanecer, la tierra se agrieta. De la fosa
brotan flores blancas con pétalos de concha, y
dentro de cada una, un caracol que canta en
quechua. Nadie las toca. Nadie las entiende.
Pero los soldados que las vieron, al día
siguiente, dejan de hablar. Algunos dicen que
escuchan voces en el viento. Otros, que sus
manos se llenan de sal, como si hubieran estado
llorando en el mar.
La tierra no acepta ofrendas falsas. Ni del
poder. Ni del miedo. Solo de quien recuerda sin
pedir perdón.


