Doña Candelaria bajó del ómnibus en Lince con

una bolsa de tela y tres hojas de coca secas,

escondidas entre las costuras de su pollera. Era

1989. El gobierno había declarado la coca “arma

subversiva” —no por el drug trade, sino porque

los campesinos la masticaban mientras rezaban

por los desaparecidos. En los barrios altos, ya

nadie la ofrecía en las fiestas de San Juan.

Nadie más recordaba que la hoja hablaba con los

apus, y que los apus no se callaban cuando los

soldados entraban a los pueblos.

Había sido guerrillera en Ayacucho, pero no por

ideología: su hermano desapareció en un

fusilamiento masivo en Huanta, y ella llevó el

rifle porque nadie más lo hacía. Cuando el

Sendero se derritió en traiciones y represalias,

ella se quedó con las manos vacías. No fue

capturada. Fue olvidada. La república temprana

ya no tenía espacio para mujeres que no lloraban

en silencio ni se convertían en madres de la

patria.

Regresó a Lima buscando a su madre, muerta desde

’84, y a su hija, que nunca supo que su abuela

sabía curar el miedo con hojas y humo. En la

calle, los jóvenes la miraban como si fuera un

fantasma de la guerra. Un vendedor de periódicos

le gritó: “¡Eso no se come, vieja!”. Ella no

respondió. Solo apretó las hojas. Las reglas no

estaban escritas, pero se sentían: quien

masticaba coca en los barrios populares después

del ’85, era sospechoso de reactivar el fuego.

El Estado no la perseguía. La ciudad la

desinfectaba.

En la plaza de San Juan de Lurigancho, donde

antes se encendían fogatas con ramas de

eucalipto y se cantaba al Pachamama, ahora había

un puesto de la policía. Allí, bajo la luz de un

tubo fluorescente, le quitaron las hojas. Una

joven guardia las olió, las miró, y dijo: “Esto

no es tradición, es terror”. Candelaria no lloró.

Sólo pidió un fósforo. Lo usó para encender una

hoja. La dejó consumirse en la palma de su mano.

El humo subió como un suspiro antiguo. Nadie la

detuvo. Nadie la aplaudió. El fuego no dejó

cenizas. Sólo el olor.

Esa noche, en un cuarto de alquiler con paredes

de cartón, se acostó sin comer. No tenía dinero.

No tenía familia. No tenía país que la

reconociera. Pero al amanecer, en la esquina del

mercado, una niña de ocho años le entregó una

hoja fresca, escondida en el puño. No dijo nada.

Sólo sonrió. Candelaria la guardó en la boca.

Masticó. Y por primera vez en cinco años, sintió

que los apus aún la escuchaban. No para

perdonarla. Para recordarla. La revolución había

fracasado. Pero la memoria, en Lima, aún tenía

raíces.