En los bosques de San Martín, donde los ríos se

callan por la deforestación y los militares

queman los cultivos de yuca en nombre de la

“seguridad nacional”, el chamán amazónico Tumpa

vive sin nombre en los registros del estado. Él

no es citado en mapas, ni en listas de

desaparecidos. Solo se lo conoce por el eco que

deja en las hojas: cuando canta, las serpientes

se apartan y los muertos no se levantan, pero sí

se acuerdan.

En 1983, tras el masacre de Tingo María, Tumpa

encuentra a una niña de cinco años entre los

restos de una choza quemada. Lleva en el cuello

un amuleto de quinua y un pañuelo de lana con

hilos de colores que no corresponden a ningún

clan conocido. No llora. No habla. Él la toma.

No la adopta: la guarda. La ley del estado dice

que todo niño sin registro es propiedad del

ministerio. Pero Tumpa sabe que en la selva, lo

que no se nombra, no se lleva.

Cada noche, canta en quechua las canciones que

su abuela le enseñó antes de que lo quemaran por

“brujería”. La niña duerme. Los árboles crecen

más rápido donde cae su aliento. Las hormigas

negras forman círculos a su alrededor, como si

la protegieran. En Lima, el gobierno publica que

“los últimos vestigios de resistencia indígena

en la selva central han sido neutralizados”.

Nadie pregunta por la niña.

En 1989, la niña tiene doce años. Ya sabe coser,

cazar, y silbar el viento como un pájaro herido.

Tumpa ya no canta. Su voz se rompió cuando el

ejército quemó el árbol sagrado donde guardaba

los huesos de sus hermanos. Ahora solo respira.

La niña lo mira con ojos que no entienden el

miedo.

Un martes, tres hombres con uniformes nuevos

llegan al río. No traen órdenes. Traen un libro

con fotos. Una de ellas: la niña, tomada en el

mercado de Moyobamba, cinco años antes. El

oficial dice: “La madre biológica fue

identificada. Es una ex guerrillera. El estado

la reclama para su rehabilitación”.

Tumpa no responde. Esa noche, lava a la niña con

agua de hojas de coca y raíz de yarumo. La viste

con la única blusa que no quemó. Le pone en la

frente una marca de arcilla roja, como las de su

pueblo antes de la guerra.

Al amanecer, caminan hacia el río. Tumpa se

arrodilla, toma su canto. No es un canto de

curación. Es el canto que llama a los muertos

para que no olviden. La niña se deja llevar. El

río se revuelve. Las hojas caen en espiral. Los

soldados no entienden. Solo ven una vieja mujer

que canta.

Cuando el último tono se apaga, la niña ya no

está. Ni en el agua, ni en el barro. Solo queda

el amuleto de quinua, flotando.

Los soldados se van sin reportarla. El libro

dice: “Desaparecida en circunstancias no

aclaradas”.

Tumpa se sienta en la orilla. No canta más. No

come.

En Lima, un niño de ocho años en un barrio de

Chorrillos empieza a soñar con hojas que hablan.

Y a veces, en las noches de luna llena, su madre

lo encuentra mirando el río, con los ojos llenos

de tierra.

Nadie pregunta por qué.

La tierra ya no recuerda nombres. Solo el

silencio.