En 1987, los trenes de la Sierra ya no llevan
minerales ni pasajeros, pero sí el polvo de los
que se fueron y el humo de la coca que sube
desde Vilcabamba. Los campesinos dicen que el
viejo ferrocarril de Huancavelica vuelve cada
luna nueva, sin ruedas ni maquinista, solo con
el sonido de una flauta que no existe. El
contrabandista fronterizo, Tito Quispe, lo sabe:
lleva tres años cargando paquetes de hoja entre
Vilcashuamán y Ayacucho, y nunca ha visto a
nadie que lo haya robado. Nadie, excepto los que
ya no caminan.
El tren no para en estaciones. Para en los
cementerios.
Tito lo sabe porque su hermana murió en el 83, y
la noche que llevó su último fardo por la vía,
vio su cara entre las ventanas, con los ojos de
quinua seca. No habló. Solo le hizo señas con la
mano: no pares.
Esa noche, el policía disfrazado de campesino —
Ricardo Montesinos, ex soldado del Ejército,
ahora de la DINCOTE— sube al tren sin billete.
Lleva un cuaderno con fotos de rostros
desaparecidos, y en la última página, la de su
hermano. No pregunta. No grita. Solo se sienta
al lado de Tito, con su chaleco de lana rota y
el olor a tierra mojada que huele a desaparecido.
La regla que no se escribe: nadie puede cargar
coca por el tren si no ha perdido a alguien. Si
lo haces, el tren te lleva al lugar donde tu
muerto te espera.
Cuando el tren se detiene en el cementerio de
Ayacucho, Tito baja con los fardos. Montesinos
lo sigue. No lleva arma. Solo una cruz de madera
con el nombre de su hermano clavada en el pecho.
Los fantasmas de los que murieron en la guerra
ya no gritan. Caminan entre los mausoleos,
recogen los fardos, los abren, y se los llevan
como si fueran cartas.
Tito intenta correr.
Una mano de tierra lo agarra del tobillo. No es
un esqueleto. Es la misma tierra que se levantó
cuando mataron a su madre en el 85.
Montesinos no lo detiene.
Solo dice, sin voz, con los labios: ya no hay
más policías aquí.
Tito se queda.
El tren se va.
La tierra se cierra sobre él.
Y al amanecer, un niño que vende chicha en la
estación de Huancayo encuentra un fardo con una
hoja de coca, un cuaderno lleno de nombres, y
una flauta de caña que toca sola cuando sopla el
viento de la sierra.
Nadie lo reclama.
Nadie lo compra.
Pero todos saben que el tren volverá.


