En 1987, en las colinas de San Juan de
Lurigancho, Mateo, once años, duerme en un
cartón junto a una pila de ollas viejas que
vende por dos soles. Su madre desapareció en una
redada del ejército; su padre, un minero que
gritaba “¡No se vende la tierra!” fue hallado
con la boca cosida en un cauce seco del Rímac.
Nadie habla. Nadie pregunta. Él solo vende.
La olla negra que le dejó su abuela no es de
barro. Es de metal que respira. Cuando un
cliente le pide “un cacharro que no traiga mala
suerte”, Mateo la entrega. Al día siguiente, el
hombre deja de comer, de hablar, de caminar.
Solo mira el techo y susurra: “La tierra no es
mía”. La policía lo lleva en camilla. Nadie lo
busca.
Mateo prueba. Le vende la olla a un coronel que
prometió reconstruir la escuela del barrio. Al
amanecer, el coronel grita en la radio nacional
que “los que se roban la tierra son los que la
llaman suya”. Su casa es incendiada. La olla
vuelve a su puerta, manchada de ceniza.
La ley no escrita: quien use la olla pierde lo
que más ama. Pero quien la posee… recuerda lo
que el Estado enterró. En 1989, Mateo la
entierra en el patio de la iglesia de Santa
María, donde los campesinos que desaparecieron
en Ayacucho fueron enterrados sin nombre. Esa
noche, cien familias de Lima se despiertan con
un olor a tierra mojada en la cocina. Alguien
les dejó una olla.
Al día siguiente, en el mercado de Surquillo,
una mujer vende una olla con el nombre de su
hijo grabado en el fondo. “Lo mataron en 1983”,
dice. “Pero hoy lo vi limpiar la mesa”.
Mateo no habla. Solo recoge las ollas que
vuelven. Una por una. Cada una trae un juramento
roto. Cada una, un desaparecido que vuelve a la
mesa.
La olla no es magia. Es memoria que el poder no
pudo matar. Y cuando el ejército llega a saquear
la iglesia, encuentra no armas, no documentos…
sino cien ollas hirviendo en silencio, con
nombres de niños, campesinos, sindicalistas.
Ese mismo día, el presidente anuncia una
“reforma agraria con visión de futuro”. Nadie le
cree. Pero en las casas de Lima, las ollas ya no
se guardan en los armarios. Se ponen en la mesa.
Mateo desaparece.
Solo queda una olla en la esquina de la calle de
los Pescadores. Con una inscripción en quechua:
“Ama sua, ama llulla, ama shella”.
Y un niño de nueve años, con zapatillas rotas,
la toma.
La olla se calienta sola.


