En 1987, en las afueras de Huaraz, Juan Quispe,

obrero sindicalista de la mina de San Nicolás,

lleva tres meses sin cobrar. La huelga se rompió,

los líderes fueron llevados en camionetas sin

placas, y ahora él limpia los restos de

explosivos en los túneles abandonados, con el

casco lleno de polvo de yeso y el alma más seca

que la cordillera en verano. El gobierno dice

que la mina está agotada. Pero las grietas en la

roca, las que nadie mide, susurran con el viento

del norte como si alguien cantara en quechua.

Una noche, mientras repara una bomba fallida, su

pico golpea algo que no es mineral. No es piedra.

No es metal. Es un altar de piedra negra,

cubierto de símbolos que no están en los libros

de historia oficial, con cráneos de niños

enterrados en el suelo como ofrenda. Al tocarlo,

el aire se vuelve frío como el interior de un

cuerpo sin vida. Y entonces, por primera vez,

las voces no vienen del viento. Viene de la

tierra. Son las de los desaparecidos de la mina:

los que se fueron en ’83, los que gritaron en la

cárcel de Ancash, los que su familia nunca pudo

enterrar. No hablan. Cantan. Con la misma

melodía que las wak’as antiguas, las que los

campesinos callan cuando pasa el ejército.

La regla es clara: nadie toca lo que está bajo

tierra en las zonas de conflicto. Quien lo hace,

desaparece. O se vuelve loco. Juan lo sabe. Pero

cuando su hermana menor, que trabaja en la radio

comunitaria de Chacas, empieza a recibir

llamadas de personas que juran oír su voz en la

noche —una voz que él nunca ha usado—, entiende

que el altar no solo recuerda. Lo reescribe.

El sindicato lo llama traidor. Los militares lo

buscan con fichas de identidad falsas. Su esposa

le quita el pan del plato y le dice que no

vuelva a tocar el suelo. Él sigue. Cada noche,

baja con un balde de agua y sal de la costa,

como le enseñó su abuela, y limpia el altar.

Cada vez que lo hace, una nueva voz se suma. Una

de las mujeres de la comunidad que desapareció

en ’85. El maestro que enseñaba quechua en la

escuela. El niño que llevaba su muñeco de tela

cuando lo llevaron en la camioneta verde.

En la mañana del 14 de septiembre, el ejército

rodea la mina. No hay orden de arresto. Solo

silencio. Juan sube con el altar en los brazos,

cubierto con su chompa de lana. No huye. No

grita. Camina hacia la plaza de Huaraz, donde la

estatua del general que mandó fusilar a los

mineros aún brilla con pintura nueva. Allí, ante

las cámaras de los pocos periodistas que quedan,

pone el altar sobre el pavimento. Y canta. No

con su voz. Con las voces que él ya no tiene.

Las que la tierra le devolvió.

La gente se queda quieta. Nadie aplaude. Nadie

llora. Pero en las casas de los barrios altos,

las mujeres encienden velas de cera de abeja. En

las montañas, los ancianos levantan las manos al

cielo y susurran: “Wak’a wawa rukanchik.” El

altar se desmorona al mediodía. Se convierte en

polvo. Pero las voces no se van. Se meten en las

paredes de las casas. En las radios. En los

sueños de quienes nunca creyeron en los

desaparecidos.

Juan no lo encuentran. Nadie lo busca. Solo en

las noches, cuando el viento sopla desde la

cordillera, alguien canta en quechua en la

puerta de las casas abandonadas. Y si escuchas

bien, es la misma melodía que cantaba su hija,

antes de que la llevaran.