En 1987, cuando el hiperinflación devoraba los

sueldos y las milicias de Sendero se metían

hasta los barrios altos, un hombre apareció en

la puerta del hospital de La Victoria sin

identidad, con la frente abierta por un golpe de

machete y el olor a tierra mojada en la ropa. No

recordaba su nombre, pero sabía cómo hacer un

fuego con tres piedras y cantarle a la Pachamama

en quechua sin pausa, como si la tierra le

respondiera. Los médicos lo llamaron “el huaso

del cuchillo”, porque en su bolsillo llevaba una

hoja de obsidiana tallada con símbolos de la era

inca, la misma que los ancianos de Ayacucho

decían que solo usaban los sapa incas antes de

morir.

La policía lo dejó ir. Nadie lo reclamó. Pero en

los barrios bajos de Lima, los viejos empezaron

a murmurar: “Ese es el último Sapa”. No porque

lo vieran con corona, sino porque cuando

caminaba por el mercado de Surquillo, las

vendedoras de chicha morada dejaban de hablar, y

los perros callejeros se agachaban como si

sintieran el peso de un rey muerto. La identidad

mestiza no era un tema para él: era el aire que

respiraba. Hablaba con el viento como si fuera

su abuela, le pedía permiso para cruzar un

puente, y cuando un niño le preguntó si era

indio, él solo asintió y le dio un pedazo de

cacao amargo, como si fuera una bendición, no un

regalo.

La primera regla que mordió fue la de los

“nombres prohibidos”: en los 80, decir “Sapa” en

voz alta en Lima era sinónimo de traición. El

Estado lo había borrado de los libros, pero no

de la memoria colectiva. Cuando un oficial de la

policía lo vio en el parque de la Universidad

Nacional, lo arrestó por “propagación de

símbolos subversivos”. Lo encerraron en un

calabozo sin luz. Al tercer día, el hombre se

levantó, rompió la reja con las manos —sin

herramientas, como si la piedra se abriera por

sí sola— y desapareció entre los tejados de

Chorrillos, dejando atrás un mapa dibujado con

ceniza en el suelo: la ruta de los

conquistadores, pero invertida. Hacia el norte,

no hacia el sur.

La segunda regla que mordió fue la de la

“memoria obligatoria”: en los pueblos de la

sierra, los niños aprendían a reconocer los ojos

de los desaparecidos en las fotos de las madres.

Pero él no tenía fotos. Solo recuerdos que no

eran suyos: el sonido de un tambor que no

existía, el sabor de la chicha de jora en una

ceremonia que nadie recordaba haber hecho. Y

entonces, una noche, en un bar de Breña, un

viejo que había sido guardián de un templo

preincaico en Huancavelica lo miró y le dijo:

“Tú no perdiste la memoria. La borraron porque

sabías dónde está el oro que no se vende”. Esa

noche, el hombre caminó hasta el río Rímac, se

metió hasta el pecho en el agua negra, y sacó de

la corriente una piedra con forma de llave. No

era de metal. Era de hueso de cóndor.

Al amanecer, el cuerpo del viejo fue hallado en

su casa, con la boca llena de hojas de coca y la

lengua cortada. Nadie lo denunció. Nadie lo

buscó. Pero en los barrios, las mujeres

empezaron a colgar en sus puertas pequeños

amuletos de obsidiana. Y en Lima, donde nadie

creía ya en lo sobrenatural, las luces de los

barrios bajos se apagaron una por una, como si

el país entero estuviera recordando algo que no

debía. El hombre no volvió. Pero el cuchillo de

obsidiana, ahora en manos de una joven vendedora

de ají en el mercado de Pueblo Libre, brilla

cuando llueve. Y cuando alguien lo toca, siente

que alguien lo llama por su nombre.