El río Pichis se secó en 1978. No hubo aviso. Un

día las aguas bajaban como sangre negra; al

siguiente, solo polvo entre rocas. Desde

entonces, el mapa del bosque cambió: las tribus

dejaron de contar el tiempo por lluvias y

empezaron a medirlo por la ausencia. El sistema

de señales ancestrales colapsó.

En Lima, en un cuarto sin ventana en Barranco,

un hombre de pelo largo y ojos hundidos escucha

el latido de un tambor que no suena. Es él quien

lo hace, desde dentro. Apenas tiene treinta años,

pero ya lleva veinte sin hablar. Su nombre no

importa. Solo sabe que no puede volver.

La joven llega con una libreta de hojas

manchadas por la lluvia. Lleva el nombre de una

abuela que murió antes de que naciera. Ella está

ahí para escribir sobre el tráfico de espíritus,

sobre el uso de plantas que ya no existen. Pero

no encuentra nada. Solo un viejo cuaderno lleno

de símbolos que no son de ningún libro.

Él la mira. No habla. Pero cuando ella abre el

cuaderno, las palabras se deshacen como ceniza.

No porque estén quemadas, sino porque ya no

tienen sentido en este mundo donde las orillas

ya no saben cómo responder.

Ella lo confunde con un poeta. Él lo confunde

con un fantasma. Y la tercera persona —el hombre

que le enseñó a cantar el canto del agua—

aparece en el metro, sentado en el fondo del

vagón vacío, con una mochila llena de tierra que

no pertenece a ninguna región.

El sistema de transporte público se detiene dos

veces ese día. No por fallos técnicos. Porque

todos sienten el mismo mareo: como si el

subsuelo les recordara que están caminando sobre

un cuerpo muerto.

En la madrugada, el chamán entra en el baño del

edificio. Abre el grifo. Sale una gota negra. No

se queda. Se va por el desagüe, pero luego

regresa. Cae sobre el piso. No se evapora. Se

convierte en una pequeña grieta que crece hasta

el centro del cuarto.

La joven encuentra el diario. Lo lee. Sus manos

temblan. Encontró el nombre de su madre, escrito

en un dialecto que nadie habla ya. Y debajo, una

frase: “No vuelvas. El río no te espera.”

Ella corre hacia la puerta. El chamán no la

sigue. Sólo deja caer un trozo de corteza de

chuchuhuasi en el suelo. La planta no florece.

Pero el aire huele a humedad.

Al amanecer, el metro vuelve a moverse. Nadie

recuerda haber parado. Nadie recuerda el viaje.

Pero en cada estación, alguien deja una flor en

el andén. No son rosas. Son flores de raíz

profunda. Del bosque. De un lugar que ya no

existe.

Y el chamán permanece en su cuarto. El tambor no

suena. Pero ahora, cuando mira al cielo, ve

reflejos de agua.