En la estación de Huancayo, en pleno invierno de

1987, el tren que llevaba maíz y medicinas se

desplomó en el túnel de Anticona. Nadie lo buscó.

Los cuerpos se enfriaron bajo el polvo de la vía,

y el Ministerio de Transportes anunció un “error

técnico”. La viuda, Elena Quispe, no lloró.

Recogió la botella vacía de su marido, el

ingeniero que firmó los planos, y caminó hasta

la línea muerta.

El ferrocarril no era un servicio. Era un cauce.

Los dólares del FMI, filtrados por ministros

limeños, llegaban en camiones de carga falsa.

Los rieles de hierro reciclado se doblaban con

la primera lluvia. El tren no se cayó: fue

abandonado. El Estado lo sabía. Las comunidades

andinas, ya desplazadas por la guerra interna,

callaban. No había testigos. Solo silencios que

se volvían tierra.

Elena no fue a la prensa. No fue a la iglesia.

Fue al taller de su cuñado, donde se fundía el

acero de los rieles viejos. Con una pala de

madera y una lata de brea, cavó en la curva

donde el tren se partió. Enterró los rieles

rotos, los tornillos que no sostenían nada, y

encima puso las cartas que su marido escribió

antes de morir: “No firmé para matar. Firmé

porque no tenía otra opción”.

Al tercer día, el Ministerio mandó a los obreros

a reponer la vía. Encontraron la tierra nueva.

Las herramientas. Las cartas. Nadie las leyó.

Pero el tren nunca volvió.

La línea se secó. Las estaciones se volvieron

polvo. Los funcionarios que firmaron los

contratos desaparecieron — unos por la Sendero,

otros por el silencio de sus propios hijos.

Elena no se fue de Huancayo. Cada luna nueva,

pone una piedra en la tierra donde el tren se

enterró. Algunos dicen que escuchan el silbato.

Nadie sabe si es el viento o si alguien, aún,

llama desde abajo.

La corrupción no se derrumbó. Se enterró. Y ella,

la viuda, fue la única que no se levantó para

seguir caminando.