En 1987, en una escuela de madera y techo de

paja cerca de Tingo María, el profesor rural

Eusebio Quispe enseña geometría con ramas en la

tierra, mientras los niños copian figuras bajo

el sonido de la lluvia que nunca deja de caer.

Su clase tiene once alumnos. Siete desaparecen

tras un operativo militar que quema la comunidad

de San Juan de Shimbillo. Nadie habla. Nadie

pregunta. El ejército dice que fueron

“colaboradores del Sendero”. Eusebio guarda los

cuadernos de los niños, llenos de dibujos de

árboles con ojos y serpientes que devoran nubes.

No denuncia. No llora. Camina solo hacia la

selva con una mochila de papel de diario, un

termo de chicha, y una flauta de caña hecha por

su abuela que nunca toca. En el límite del

territorio declarado “zona de seguridad”, el

suelo se vuelve negro como ceniza y las hojas no

caen: se suspenden. Las raíces se mueven como

dedos. Los árboles no crecen: recuerdan. La

Pachamama ya no es metáfora. Es ley. Quien cruza

sin ofrenda se convierte en parte del suelo.

Eusebio deja el termo con chicha, el cuaderno de

la niña más pequeña, y se quita la camisa. La

piel se le abre en líneas que no son cicatrices,

sino mapas antiguos: los mismos que dibujaban

los que murieron en las cunetas de la carretera

a Huánuco.

Los soldados lo siguen. Dos llegan primero. Uno

se hunde hasta el cuello en menos de diez pasos.

Su arma se convierte en una liana. El otro

dispara. La bala se detiene en el aire, se

vuelve hoja de coca, y cae sobre el rostro del

muerto. Eusebio camina sin mirar. Detrás, las

voces de los niños empiezan a cantar. No en

quechua. No en español. En una lengua que solo

sabe la tierra cuando los muertos tienen nombre.

Al tercer día, los cuerpos de los siete niños

aparecen en la orilla del río, vestidos con sus

uniformes, las caras limpias, las manos

entrelazadas. En el pecho de cada uno, una hoja

de coca con el nombre del soldado que los mató.

El ejército niega. El gobierno calla. Pero en

Lima, los periódicos de papel reciclado empiezan

a circular con dibujos iguales: niños con raíces

en las venas, y un maestro sin sombra.

Eusebio no regresa. Solo se sabe que, en las

noches de luna llena, en los pueblos del alto

Huánuco, si alguien se queda despierto, puede

oír la flauta. Y si se acerca al bosque, el

suelo no lo deja ir. No por magia. Por justicia.

La tierra ya no permite que se olvide.