La casa de los Alvarado en Trujillo se derrumba

bajo el peso de deudas y el olvido. La última

heredera, Mariana, recibe una carta de un

sacerdote que menciona un pacto antiguo: un

huaca que exigirá un precio. La tierra de sus

antepasados, ahora cultivada por campesinos, se

vuelve un campo de batalla entre memorias y

realidades.

Mariana viaja a la sierra, donde los indígenas

hablan de un dios que exige sangre y oro.

Encuentra un altar abandonado, cubierto de

ofrendas rotas. Un anciano le revela que el

huaca no es un espíritu, sino un ser que se

alimenta de promesas incumplidas. La familia

Alvarado, antes dueña de tierras, había sellado

un trato con él para evitar la ruina.

El huaca comienza a manifestarse: sombras en la

noche, murmullos en los cultivos, muertes

inexplicables. Mariana descubre que el pacto no

fue solo con el dios, sino con un caudillo local

que usó la magia para dominar a los pueblos. El

huaca ahora reclama su parte: un descendiente de

los Alvarado debe pagar con su vida.

Ella decide romper el trato. En una ceremonia en

el templo, arroja las ofrendas al río y grita su

nombre, desafiando al huaca. La tierra se agita,

el cielo se oscurece. Un viento cálido envuelve

la plaza. Cuando todo termina, el huaca no

aparece. Solo queda el silencio y la tierra,

como si algo hubiera sido liberado.

Mariana regresa a Trujillo, pero la casa ya no

es suya. Los campesinos la ven como un fantasma.

El huaca no se ha ido, pero ya no necesita un

cuerpo. Su voz sigue dentro de ella, un

recordatorio de lo que se perdió y lo que podría

haber sido.