La oficina del burócrata corre con documentos de

tierras indígenas, pero una carta sellada por un

sacerdote desaparecido lo llama al santuario de

un templo abandonado. Allí, bajo la luna llena,

descubre un altar con grabados que coinciden con

los registros de su familia. Un grupo de mujeres,

vestidas con mantos de lana y collares de

cuentas, le ofrece un cáliz de chicha. Él bebe,

y ve visiones de guerreros que mataron a sus

antepasados para tomar el control de las minas.

Al regresar, su jefe lo acusa de corrupción,

pero él sabe que el trueque no es dinero: es

sangre. En una ceremonia nocturna, las mujeres

lo llevan a una gruta donde un hombre anciano le

muestra una foto de su abuelo, firmada como

"sacristán". El ritual exige que el burócrata

ofrezca su vida, pero él rechaza el trato. La

tierra se abre, y un río subterráneo surge,

arrastrando consigo los archivos secretos del

Estado. Las mujeres lo miran con respeto, y el

agua se vuelve roja. El burócrata, ahora marcado

por el ritmo de los tambores, camina hacia la

ciudad con un mapa en la mano que no puede leer,

pero que todos saben es el camino a la libertad.