En 1983, tras el fusilamiento de su marido —
maestro de Quechua en Huancavelica—, Elena
Quispe sube al tren de carga con un saco de
papas nativas, un cuchillo de obsidiana y tres
semillas de quinoa negra que nadie más cultivaba.
No llora. No grita. Solo camina entre los
desechos de Lima, donde los militares venden
terrenos de campesinos desplazados como si
fueran lotes de la Feria de Surquillo.
En el barrio de Lince, alquila una habitación
con paredes de yeso agrietado donde el viento
entra como un fantasma. Cada noche, bajo la luz
de una vela, entierra una semilla en el suelo
del patio: una bajo la cama, otra tras el
inodoro, la tercera junto al pozo de agua sucia.
Nadie pregunta. Nadie quiere saber. En el Perú
de Fujimori, las mujeres que no gritan no
existen.
El alcalde de Lima, ex capitán del ejército,
anuncia su candidatura a presidente con un
discurso en el Estadio Nacional. Su campaña:
“Orden, progreso, limpieza”. Sus seguidores
queman libros de historia en plazas. Sus
asesores compran votos con panes y balas. Pero
en las noches, cuando el viento sopla desde los
Andes, las plantas de quinoa negra brotan entre
las grietas del suelo del palacio municipal,
donde el ex gobernador había enterrado los
títulos de propiedad de cien familias
desaparecidas.
El ministro de Agricultura ordena arrancarlas.
Los guardias cavaron con palas, pero las raíces
se enredaron en los cables del sistema eléctrico.
El palacio se quedó sin luz tres noches seguidas.
Mientras, en las calles, niños que no sabían
leer cantaban una canción en Quechua: “La madre
de la tierra no olvida lo que se entierra”.
Elena no aparece en ningún registro. No firma
peticiones. No da entrevistas. Pero cuando el
candidato gana la elección con el 78% de los
votos —tras la desaparición de los opositores y
el cierre de los centros de votación en Ayacucho—
, el primer decreto que firma es la expropiación
de las tierras altas para minería canadiense. Al
día siguiente, en el jardín del Palacio de
Gobierno, brotan treinta plantas de quinoa negra,
cada una con una hoja que tiene la forma de un
nombre: los desaparecidos.
Nadie las riega. Nadie las corta. El presidente
las mira desde su ventana, sin entender. El
viento, ese que viene de la sierra, no se
detiene. Y las semillas, en la oscuridad, siguen
creciendo.


