Doña Cándida camina todos los días entre los

puestos de San Pedro, con su bolsa de cuero de

vicuña y cinco quenas de caña de San Marcos,

cada una tallada con el mismo patrón que su hijo

usaba antes de desaparecer. En 1987, el gobierno

prohíbe tocar instrumentos indígenas en espacios

públicos si no se registran como “folclor

turístico”. Ella no registra. Las quenas son su

único ingreso y su único lenguaje.

Un jueves, entre los pescados secos y las frutas

de la sierra, encuentra una quena nueva: la

sexta. No es suya. Está enterrada bajo un montón

de cáscaras de lúcuma, con un nudo de lana roja

en el orificio de aire — el mismo nudo que su

hijo hacía antes de irse. Nadie la vio colocarla.

Nadie la ve ahora.

Esa noche, en su cuarto de alquiler en Surquillo,

enciende una vela de cera de abeja y toca la

quena. La nota no es aguda. Es una quebrada que

recuerda el grito de su hijo cuando lo llevaron,

en la estación de Ate. La melodía no existe en

ningún libro. Es la que él aprendió de los

ancianos de Huanuco, que decían: “Los

instrumentos guardan lo que los hombres no

dicen”.

Dos días después, tres hombres en camioneta

negra apagan el mercado de Surquillo. Buscan a

la “mujer que toca lo prohibido”. Cándida ya no

está. En su lugar, hay cinco quenas clavadas en

el suelo, con sus nudos rojos, formando un

círculo alrededor de una bolsa con un par de

zapatos rotos.

La policía no las toca. El ejército las ignora.

Los vendedores las cubren con mantas. Nadie

pregunta quién las puso allí.

Una semana después, en el cerro de La Victoria,

un niño encuentra una sexta quena en la raíz de

un eucalipto. No está enterrada. Está colgada. Y

suena sola, cada vez que sopla el viento de la

sierra.

Cándida no reaparece. Pero las quenas sí.

Una en el mercado de Chorrillos. Otra en la

estación de Huaycán. Una más en la puerta de la

Cárcel de Lurigancho.

Nadie las toca. Nadie las retira.

El gobierno las llama “símbolos subversivos”. La

gente las llama “las que lloran sin voz”.

Y cada vez que una quena aparece, alguien que

había dejado de hablar, vuelve a cantar.

Sin palabras. Solo la nota.

La última quena nunca se encontró.

Pero en 1991, cuando se levantó la prohibición,

en todas las escuelas de Lima, los niños

aprendieron a tocarla.

Sin que nadie les enseñara.