El cerro de Ch’unchu ya no reconoce las
fronteras. En 1892, el último testamento de don
Ramón Paredes—el hacendado que arrasó con los
primeros comuneros—se quema en el patio de la
iglesia, y su firma queda marcada en polvo sobre
el altar. El párroco lo mira sin moverse. El
viento sopla desde el sur, donde nadie ha vuelto
desde la guerra de las minas.
Cada noche, la bruja de pueblo, Mamá Q’ero, pone
un cuenco de coca fresca frente a la entrada de
su choza. No para invocar. Para recordar. Las
familias del valle saben que no debe tocar el
agua del río cuando está helada. Pero ese año,
el río no se congela. Se levanta.
A las tres de la madrugada, el camino entre
Huancayo y Ch’unchu desaparece bajo una capa de
hielo azul que no tiene forma de nieve. Nadie
puede caminar sobre él. Ni caballo ni mula. El
aire huele a hierro quemado y hojas secas. Los
niños dicen que escuchan risas bajo el hielo.
El cacique Vargas llega con veinte hombres
armados. Lleva el mapa sellado por el gobierno
nacional. Dice que el terreno fue cedido en 1857
por “derecho de sangre”. La bruja no responde.
Saca una mazorca de maíz blanco, la rompe con
las manos, y la deja caer en el centro del hielo.
El suelo crujirá.
La gente empieza a morir de frío. No porque haya
viento. Porque el tiempo no avanza. Las personas
que cruzaron el puente de hielo nunca regresan.
Solo sus sombras quedan pegadas al suelo,
moviéndose lentamente como si estuvieran dentro
de un espejo.
Mamá Q’ero entra al bosque de chachapoyas. No
lleva abrigo. Camina desnuda hasta que el suelo
se convierte en arena negra. Allí, donde antes
había un río, hay ahora un espejo. Ella se mira.
Su reflejo sonríe. Y dice: “Ya no te pertenece
nada. Pero tampoco a ellos.”
Al amanecer, el hielo se funde. Pero no en agua.
En llamas. El valle arde sin humo. La tierra
devuelve lo que le robaron: cada grano de trigo,
cada hueso de niño, cada palabra que jamás se
dijo en voz alta.
Los sobrevivientes encuentran el nuevo mapa
grabado en la piedra del fondo del cerro. Dibuja
ríos que no existen. Caminos que no conducen a
ninguna parte. Y en el centro, una sola frase en
quechua: “No se paga con sangre. Se paga con
memoria.”
El cacique Vargas no regresa. Algunos dicen que
lo vieron caminando sobre el hielo. Otros, que
su sombra sigue bailando en el lugar donde el
río dejó de fluir.
En el templo de Ch’unchu, la coca ya no crece.
Pero en los días de sol, cuando el viento viene
del sur, alguien deja un cuenco vacío frente a
la puerta. Nunca lo tocan.
El mundo sigue girando. Pero el valle ya no
pertenece a nadie.


