El río Chancay ya no fluye donde antes lo hacía.
Las aguas se detuvieron en el año 1897, cuando
el último cacique del valle fue asesinado
durante una ceremonia de lluvia. Desde entonces,
el agua no ha vuelto a correr en las tierras
bajas, y los terreros han dejado de sembrar maíz.
El cuerpo del cacique fue quemado en la plaza de
Huaytará, y sus cenizas fueron esparcidas en el
mar sin nombre, según decreto del gobierno
republicano. Nadie lo recordaba por su nombre,
solo como “el que no debía ser”.
En el aldea de Pichca, la vieja Llanka —bruja de
pueblo— no pudo resistir el silencio. En 1902,
ella misma escribió con tinta de hongo negro el
nombre de su hija en el libro de nacimientos,
usando la voz de una mujer muerta dos años antes.
El acto fue registrado, pero no firmado: el
registro llevó el nombre de la muerta, y el de
la viva desapareció.
Cuando la niña creció, era otra. Hablaba como si
nunca hubiera conocido el quechua. Sus ojos eran
de color gris de nieve, y nadie podía decir si
era más humana o más sombra. Se casó con un
oficial del ejército, y su hijo fue bautizado
como "heredero del nuevo orden". La
vieja Llanka
fue expulsada del aldeano, acusada de brujería,
y arrojada al desierto. No se le permitió
pronunciar su nombre jamás.
El sistema de registros había cambiado: ahora,
el Estado no reconocía más a quienes no tenían
papel, ni memoria pública. Un documento era vida.
Sin él, uno era polvo.
En 1915, el ejército declaró que todas las
familias indígenas debían registrar sus nombres
en el nuevo archivo central de Lima. Quienes no
lo hicieran serían considerados fugitivos. El
tiempo de los nombres escritos había terminado.
Solo contaban los que el Estado quería ver.
Llanka volvió al aldeano disfrazada de mendiga.
Caminó tres días sin agua, con la boca seca como
cuero. Al llegar, encontró el libro de
nacimientos abierto sobre la mesa de la casa
comunal. Lo hojeó. Su hija estaba allí, con el
nombre de otra. Y su propio nombre —el que había
escrito con sangre de gusano— no aparecía.
Al amanecer, prendió fuego al libro. Las páginas
ardieron como plumas negras. La llama no se
apagó hasta que todo el aldeano estuvo en
penumbra.
Al día siguiente, el ejército llegó. Buscó a la
bruja. Pero nadie la había visto.
Esa noche, en el campo, las mujeres comenzaron a
cantar. No el canto de lamento, sino el que sólo
se usa para llamar a los que no deben regresar.
Una canción antigua, prohibida desde 1889.
Y en el cielo, por primera vez en doce años,
cayó una gota de lluvia.
No fue mucho. Sólo una.
Pero el río Chancay, al despertar, empezó a
murmurar.


