En 1983, en los barrios bajos de La Victoria,
Rosa Huayta, hija de una tejedora que murió en
la evacuación de Ayacucho, vende retratos de
generales muertos en las esquinas del mercado de
Santa Anita. Pinta con óleos de sobra de la
academia, mezclados con tierra de su tierra
natal, y firma como “Rosa de los Andes, hija del
general Martínez”. Nadie pregunta. El ejército
ya no tiene tiempo de verificar identidades.
Cada retrato que vende lleva un detalle
prohibido: en los ojos del general, pinta el
vacío que dejó la desaparición de su hermano
menor, captado en una foto que nunca se publicó.
El régimen prohíbe cualquier representación de
desaparecidos, pero nadie ve lo que no está en
el lienzo. La regla es clara: quien retrate a un
desaparecido sin autorización, desaparece. Rosa
lo sabe. Pinta de noche, con la ventana abierta
por si oye pasos.
Un día, el hijo del general que ella imita —un
oficial de la Escuela de Ingenieros— entra al
taller. No reconoce el rostro. Pero sí la mano:
la misma que, en 1978, le enseñó a sostener un
pincel antes de que lo enviaran a la selva. Él
no sabe que su padre murió en un fusilamiento en
Huanta, ni que Rosa lo pintó con la cara de un
indígena que él mismo ordenó deportar.
Ella no habla. Solo le entrega un cuadro: el
general, con el uniforme de gala, pero los pies
descalzos, sobre un suelo de maíz. El oficial lo
mira. Se lleva el lienzo. Tres días después, lo
cuelga en el cuartel general. Nadie lo borra.
En Lima, los comerciantes empiezan a pedir “los
retratos de los que ya no están”. Las mujeres de
los barrios traen fotos de sus hijos, y Rosa las
pinta sin nombre, sin título, con la misma
tierra en la paleta. El ejército no interviene.
Ya no puede negar lo que ve en los ojos de sus
propios soldados.
Rosa vende su último cuadro en el parque de la
Exposición. No recoge el dinero. Se va hacia los
cerros, con una mochila llena de pinceles y un
mapa de los desaparecidos dibujado en tela.
Alguien la ve subir. Nadie la sigue.
En la Plaza San Martín, el busto del general
Martínez, que antes lucía de bronce, ahora tiene
una corona de flores de chilca. Nadie sabe quién
las puso. Pero todos las ven.


