En 1988, en los bajos de Huaycán, Elena, madre

soltera que vende mote con huacatay en la

esquina del viejo mercado de Villa María, recoge

el hueso de llama que su padre andino le dejó

antes de desaparecer en la masacre de El Frontón.

El hueso no es un amuleto: es un ritual. Quien

lo entierra bajo la urna electoral, hace que los

votos se inclinen como la tierra tras un

terremoto. La regla no está escrita, pero en los

barrios olvidados, todos saben: el hueso no

miente, pero sí exige un intercambio.

Elena lo entierra bajo la urna del distrito 12,

donde el candidato del Partido Popular, hijo de

un terrateniente costeño que despojó a su

hermano de la tierra en 1976, promete “orden y

desarrollo”. La traición fraternal no es

metáfora: su hermano, Jorge, fue el que delató a

su padre al ejército por un terreno que luego

vendió a una empresa de lima. Ahora Jorge es el

jefe de seguridad del candidato.

El día de las votaciones, la lluvia torrencial

de marzo inunda las urnas. Nadie vota. Hasta que

Elena aparece con el hueso, lo coloca en una

bolsa de plástico, y lo mete dentro de la urna

más grande. La máquina de contar votos se atasca.

Luego, en silencio, los papeles se reordenan. El

candidato pierde. El desconocido de la izquierda,

un exmaestro que no habla de nada, gana por 17

votos.

Elena no celebra. Se va.

Dos años después, su hijo de 19 años, que nunca

supo que su madre usó el hueso, es elegido

alcalde. El joven, educado en colegios estatales

y enamorado de los discos de Los Kjarkas, cree

que el poder se gana con pan y educación. Pero

en su primer discurso, al anunciar la

construcción de un nuevo mercado en el lugar

donde su madre enterró el hueso, la tierra se

agrieta. Sale un esqueleto de llama, con el

cráneo roto por un tiro. Dentro, una hoja: el

nombre de Jorge, firmado con tinta de sangre.

El hueso no era para ganar. Era para recordar.

Jorge desaparece esa noche. Nadie lo busca. En

la municipalidad, el alcalde hijo ordena

enterrar el hueso otra vez — esta vez, en el

cementerio de los desaparecidos.

El día que inauguran el nuevo mercado, la lluvia

vuelve. Pero esta vez, las flores que la gente

deja en la puerta de la alcaldía no son de papel.

Son de llama. Y cuando el viento las levanta, se

ven como alas.

Elena no aparece. Pero en la cocina del nuevo

mercado, en la esquina donde antes vendía mote,

alguien deja siempre un plato con huacatay. Y

una cucharada de sal.

La traición fraternal no se perdona. Se entierra.

Y la tierra, en el Perú, nunca olvida.