En 1987, Elena de los Ángeles, última heredera

de una casa colonial en Miraflores convertida en

almacén de muebles rotos, camina con una maleta

de cartón por las calles de Villa El Salvador.

Su padre, el exsenador que desapareció tras el

ataque a la universidad en 1983, dejó solo un

espejo roto con el marco de plata labrado en

keshwa: “Wiraqucha no olvida”. Nadie en Lima

habla de él. Ni los vecinos. Ni los soldados que

aún patrullan los puentes.

Ella no busca justicia. Busca el cuerpo. Pero la

ley de 1985 prohíbe llorar en público más de

tres minutos bajo pena de detención por

“perturbación del orden moral”. Los guardias la

han detenido dos veces. La primera por gritar su

nombre en la estación de Chorrillos. La segunda,

por besar el suelo donde crecía una flor de

kantuta en la basura. Le dieron tres días de

arresto. Le quitaron la maleta. Le devolvieron

el espejo.

Cada noche, cuando el sol se apaga tras el cerro

San Cristóbal, Elena duerme en los techos de las

casas de adobe de Comas. Allí, los viejos le

cuentan que el padre no murió. Que se fue al

interior, donde los ríos cantan en quechua y los

muertos no se entierran, sino que se vuelven

piedras. Ella no cree. Hasta que en una

madrugada, entre los escombros de un cuartel

abandonado en Huaylas, encuentra un espejo

idéntico al suyo, clavado en el muro con un

clavo de fusil. Al tocarlo, ve su propia cara…

pero con los ojos negros como los de los

adivinos de Pachacámac. Y oye, sin boca, el

susurro: “Tu padre se hizo montaña”.

El espejo se quiebra en sus manos. Una piedra de

obsidiana cae. En su superficie, grabada con

cuchillo, una fecha: 14 de junio de 1984. La

misma en que su padre fue visto por última vez

en el valle de Santa. Ella camina hacia allá.

Sin dinero. Sin pasaporte. Con el espejo roto en

el pecho, contra la piel.

En el camino, un niño quechua le da un pañuelo

de lana tejida con hilos de llamas. Dice: “Para

que no te lleve el viento de los muertos”. Ella

no lo agradece. Solo lo lleva. Porque en el Perú

de los ochenta, agradecer es un acto político. Y

ella ya no tiene derecho a ser civil.

Llega a la quebrada de Llacchu. Allí, entre las

ruinas de un templo incas que el ejército usó

como cárcel, encuentra un cuerpo. No es su padre.

Es otro hombre, con el mismo anillo de plata en

la mano, el mismo espejo en el bolsillo. Está

sentado, con la espalda contra la roca, como si

hubiera esperado. Su rostro está cubierto por

una máscara de arcilla seca. No hay sangre. No

hay heridas. Solo un silencio que no se rompe ni

con el viento.

Elena se arrodilla. Abre la boca. Quiere gritar.

Pero el cuerpo no se mueve. Y ella… ya no puede

llorar. La ley lo prohíbe. La tierra lo exige. Y

el espejo, ahora pulido por su propio sudor,

refleja no su cara, sino la de su padre —

sonriendo—, mientras la montaña a su espalda se

abre lentamente, como una flor que no floreció

en vida.