En 1987, el funcionario del Registro Civil,
Arturo Quispe, sellaba certificados de defunción
con un sello de bronce que había heredado de su
abuela quechua: no era un trámite, era un rito.
En Lima, los muertos desaparecían en fosas
comunes si no tenían documento; él, con ese
sello, les daba nombre, fecha y un lugar en la
tierra. Nadie lo sabía. Solo los enterradores
del Cementerio General lo miraban con los ojos
bajos.
Cuando el gobierno de Fujimori decretó la
centralización de los registros, el sello fue
declarado “instrumento no autorizado”. Arturo lo
escondió en una caja de latón, debajo del piso
de su departamento en Surquillo. Cada noche, lo
limpiaba con agua de lluvia y hojas de coca. No
hablaba. No reía. Solo trabajaba. Su esposa lo
dejó en 1991, diciendo que ya no reconocía a
quien tenía al lado.
Recibió la carta en abril: su padre, Juan Quispe,
murió en Ayacucho. Sin documento, sin sello, sin
entierro. El municipio lo había enterrado en una
fosa sin nombre, junto a los desaparecidos del
Sendero. Arturo renunció al trabajo. Vendió su
auto, su televisor, su cama. Tomó el bus de
noche a Huancavelica. Llevaba el sello en el
bolsillo, y un paquete de coca seca en la
mochila.
Al llegar, la plaza estaba vacía. Las iglesias
tenían nuevas cruces de cemento. Los ancianos lo
miraban como a un fantasma. Nadie recordaba a su
padre. Hasta que una mujer, con un pañuelo de
lana morada, le dijo: “Tu padre enterró a los
que el estado no quería. Con tu sello, los
devolvía al suelo. Ahora, él no existe.”
Arturo caminó hasta la ladera de la montaña,
donde antes había un huayco que se llevó la
escuela de la comunidad. Allí, con las manos
desnudas, cavó. No buscaba un cuerpo. Buscaba el
lugar donde su padre había enterrado el primer
sello: uno de barro, hecho por su abuela, que él
había robado de la iglesia en 1968 y reemplazado
con el de bronce. En el fondo, encontró el barro.
Roto. Cubierto de raíces de ichu. Y dentro, una
piedra con una cara tallada: Pachamama con ojos
de lluvia.
Arturo tomó el sello de bronce. Lo apretó contra
la piedra. Lo golpeó hasta que se partió. La
tierra se abrió. No hubo luz. No hubo música.
Solo el viento de la cordillera, como cuando el
llanto se calla por cansancio. Enterró los
pedazos del sello. Se sentó. No lloró. Se quedó
hasta que la luna cubrió las nubes.
Al día siguiente, nadie lo vio partir. En el
registro civil de Lima, su nombre fue borrado de
la nómina. En Ayacucho, una nueva cruz apareció
en la ladera. Sin nombre. Sin fecha. Solo un
sello de bronce, medio enterrado, como si
alguien lo hubiera dejado allí por error.


