En 1987, Lima exhala polvo y pan quemado. La

hiperinflación ya no se mide en porcentajes,

sino en cuántas papas caben en un sol. El

sacerdote Mateo Quispe, hijo de una ayllu

quechua y un cura criollo, administra la iglesia

de San Pedro de la Cruz, donde las velas de cera

de abeja se encienden junto a hojas de coca y

piedras de río que lloran leche cuando llueve.

Nadie pregunta por qué. Todos saben: el puente

colgante que cruza el Rímac fue construido sobre

una grieta que conecta con el Ukhu Pacha, y solo

él mantiene el equilibrio entre el mundo de los

vivos y el de los ancestros.

Los clanes de los Pacheco y los Ríos, herederos

de antiguos terratenientes costeros que huyeron

de la reforma agraria, ahora pelean por el

terreno donde la iglesia se alza. Los Pacheco

quieren venderlo a un consorcio chino que

construirá un centro comercial con nombre en

inglés. Los Ríos, hijos de ex guerrilleros, lo

quieren convertir en un altar de memoria para

los desaparecidos. Ambos creen que el suelo es

suyo. Nadie recuerda que el puente no pertenece

a nadie: se sostiene porque Mateo, cada luna

llena, baja al río con un canto que no es de la

Biblia ni del Quechua, sino de los dos.

La regla que muerde: quien toque el puente sin

bendición del sacerdote, muere en el año

siguiente. El hijo menor de los Pacheco lo pisó

con botas de cuero nuevo. Se desangró por la

nariz durante tres días, sin fiebre, sin herida.

Su cuerpo se secó como hoja de coca al sol.

La presión llega cuando el ejército, con órdenes

de limpiar “nidos de subversión”, rodea la

iglesia. Ordenan desalojar. Mateo no resiste. No

habla. Saca de su bolsa un espejo de obsidiana,

lo clava en el piso de la nave, y enciende una

fogata con los libros de teología que le dio su

padre. Las velas se apagan. Las coca se levantan

en espiral. El río se vuelve negro, como si la

tierra lo hubiera tragado.

En la madrugada, los dos clanes se encuentran en

el puente. No gritan. No se tocan. Solo miran.

Uno de los Ríos arroja una foto de su hermano

desaparecido. Uno de los Pacheco deja caer un

talón de cheque con el logo de un banco que ya

no existe. El espejo se agrieta. El puente cruje.

No se cae. Se vuelve transparente. Y bajo él,

entre las raíces de los árboles que nadie plantó,

se ven caras de ancianos que llevan sombreros de

paja y mantas de lana, sin boca, sin ojos, pero

con las manos extendidas.

Al amanecer, el ejército se retira. Nadie sabe

por qué. Los clanes no vuelven a pelear. Los

Pacheco venden su parte al Estado por un tercio

del valor. Los Ríos colocan una cruz de madera

con raíces de quinua. Mateo ya no oficia misas.

Cada noche, camina al río con una olla de sopa

de quinua y la deja en la orilla. Algunos dicen

que escuchan risas. Otros, que el agua ya no

huele a metal.

La iglesia sigue en pie. Pero ya no hay santos.

Solo el sacerdote sin cura, y el puente que

nunca se rompió, porque no fue construido para

durar. Fue hecho para recordar.