En 1987, cuando la hiperinflación se comía los
sueldos y los militares desalojaban barriadas
enteras del Callao, Héctor Quispe, obrero
sindicalista de la fábrica textil de San Juan de
Lurigancho, encontró la piedra de Yacu Kallpa
dentro de la tierra quebrada tras el huaico que
se llevó su casa en Huaylas. No era solo una
piedra: era la memoria del suelo, el corazón de
la montaña que los colonizadores llamaron
“piedra de lluvia” y que los ancianos de Panao
juraban que, si se movía, traía el agua donde el
estado no llegaba.
La ley del régimen era clara: cualquier objeto
sagrado de los pueblos andinos, si tenía poder
de cambio climático, era propiedad del
Ministerio de Defensa. Nadie podía tocarlas.
Nadie las vendía. Nadie las escondía.
Héctor la escondió en el cofre de su esposa,
bajo las camisas de su hija menor, que ya no
tenía zapatos. La piedra, al tocar la piel de su
mujer, empezó a gotear agua fría en la pared del
cuarto. No era condensación. Era lluvia. Dentro
de casa.
Cuando el ejército llegó con los papeles de
desalojo y los perros olfateando el húmedo,
Héctor no huyó. Fue a la plaza de San Isidro,
donde los empresarios criollos celebraban el
aniversario del “orden restaurado”, y dejó la
piedra en el jardín de la embajada de EE.UU.,
bajo el busto de Pizarro.
Al amanecer, el cielo de Lima se agrietó. No
llovió en lluvia. Llovió en ríos negros que
bajaban por las avenidas como si la tierra
vomitara su antigua memoria. Las calles se
convirtieron en cauces de barro que arrastraron
carteles de “¡Orden y progreso!” y los carros de
la policía. Los militares corrieron a
recuperarla, pero la piedra ya no estaba. Había
vuelto a la tierra.
En el basurero de Villa El Salvador, un niño
encontró un pedazo de piedra que cantaba en
quechua. Y cuando lo levantó, el viento trajo el
olor de la cordillera.
La piedra no se robó. Se recordó.
Y el régimen, por primera vez, no supo qué
ordenar.


