En 1987, bajo el terror de Fujimori y la
hiperinflación que come los sueldos, Héctor
Quispe regresa a Lima tras diez años en las
montañas. Lleva una mochila con un huaco roto,
una camisa de lana de su madre, y el nombre de
un cerro que ya no existe: Tampu T’anta. El
municipio de San Juan de Lurigancho lo quiere
como candidato: un símbolo para los migrantes,
un chivo expiatorio para los criollos que temen
su voz. No habla en actos. Solo camina entre los
asentamientos, recoge tierra de los bordes de
las zanjas, y la guarda en frascos de mermelada.
La primera regla que muerde: nadie puede votar
sin haber caminado sobre la tierra del cerro. La
segunda: los votos se cuentan con semillas de
quinoa, no con papeletas. El municipio lo ignora
hasta que el primer voto se cuenta. Esa noche,
un niño de once años que votó en la plaza de la
Iglesia de San Juan se desvanece. Su cuerpo
aparece al día siguiente, cubierto de raíces
negras que salen de su boca. Nadie lo denuncia.
Todos saben: es Pachamama recordando.
Héctor no busca poder. Busca que el cerro vuelva
a existir en el mapa. Cada voto que recoge —
doscientos, trescientos— hace que un barrio
entero se desplome en sueños. Vecinos
desaparecen mientras duermen, sus casas se
llenan de musgo y piedras antiguas. Los
militares llegan con camiones de cemento. Él los
detiene con un puñado de tierra de Tampu T’anta,
la que guardó en el frasco. Cuando la arroja al
suelo, el asfalto se agrieta. Sale un río de
lodo con caras de antiguos guardianes. La ciudad
se congela un segundo. Nadie respira.
La última elección se hace en el basurero de
Villa El Salvador. Héctor pone el huaco roto
sobre una pila de latas. Los votantes depositan
semillas de quinoa sobre él. Al amanecer, el
cerro ha vuelto. No como montaña: como una
grieta que se abre en el centro de Lima, con
paredes de piedra tallada, y al fondo, una
puerta de obsidiana. Veinte mil personas están
en silencio. Nadie entra. Nadie sale.
Héctor se acerca. Toma el frasco. Lo vacía
dentro. La tierra se funde con la piedra. La
puerta se cierra. El cerro se hunde. La ciudad
recupera su asfalto. El voto se cuenta: Héctor
gana. Pero en el cementerio de San Lorenzo, doce
tumbas nuevas aparecen sin nombres. Y en cada
una, una raíz de quinoa crece, negra y viva.
Nadie lo votó de nuevo. Pero nadie olvidó.


