En 1987, Lima se apaga cada noche a las diez. El

gobierno de Fujimori corta la electricidad en

los barrios populares para ahorrar, pero en los

condominios de Miraflores, las luces siguen

encendidas. La viuda vengativa, Doña Eulalia,

perdió a su esposo, ingeniero de la CFE, cuando

lo llevaron en un camión sin placas tras

descubrir que los militares robaban el cobre de

los transformadores para venderlo a Chile.

La ciudad vive bajo una ley implícita: nadie

toca los cables del antiguo sistema de 1952, el

que conectaba los barrios altos con los pueblos

jóvenes del Callao. Romperlos es delito de

traición contra la nación. Pero Eulalia, con sus

manos curtidas por el telar y el olor a quinua

en la ropa, sabe que los cables aún viven bajo

la tierra. Cada luna llena, baja al túnel de la

avenida 28 de Julio, donde los niños de Villa El

Salvador juegan con chicles pegados a los postes.

Allí, con un desarmador de hierro y una batería

de motocicleta, reconecta un tramo.

No es para encender luces. Es para que los

vecinos escuchen el zumbido. El mismo que su

marido le decía antes de desaparecer: “Cuando el

cable canta, los muertos se acuerdan.”

La primera noche, tres casas en San Juan de

Lurigancho prenden sin electricidad oficial.

Nadie dice nada. La segunda, el hospital de

Villa María del Triunfo recibe un pulso de

energía en su sala de partos. Una niña nace con

el nombre de su padre, desaparecido en 1983.

La tercera noche, el ejército envía a un grupo

de ingenieros. Encuentran los cables reparados,

limpios, sin rastro de herramientas. Solo una

bolsa de tela con una flor de cantuta y una

carta escrita con carbón: “No mataron al cable.

Lo hicieron cantar.”

El cuarto día, la ciudad entera se enciende. No

por decreto. No por generador. Porque en cada

barrio marginal, en cada casa que perdió un hijo,

alguien encendió una lámpara con una batería

vieja y un trozo de cable recuperado.

El gobierno declara un “sabotaje tecnológico”.

Nadie es arrestado. Nadie habla. Pero en los

mercados de Surquillo, los vendedores de ají

amarillo dejan una luz encendida frente a sus

puestos. En los colegios de Huarochirí, los

niños dibujan cables que vuelan como serpientes.

Eulalia no reaparece. Su telar sigue en la pared,

con un hilo rojo tejido hasta el techo.

Y cada 28 de julio, cuando el país celebra la

independencia, los semáforos de Lima parpadean

en rojo y verde — no por señal, sino por el

zumbido antiguo.

Los muertos no vuelven. Pero la ciudad aprendió

a recordar sin palabras.